La edad, esos años que no pasan hasta que tu hija llega a la adolescencia y te das cuenta de que tu versión mejorada ha ocupado tu lugar en una sociedad que solo venera la juventud.

Muchas veces, cuando los tenemos pequeños, y comienza a dolernos la espalda por ir jorobados al llevarlos de la mano, decimos que estamos mayores.

Cuando vamos dormitando por todos lados y lo primero que pensamos al quedar con unos amigos es que ojalá terminen pronto para poder irnos a dormir y descansar tranquilos sabiendo que hemos dejado a los nenes con los abuelos, pensamos que estamos mayores. Pero no, nada comparado con la sensación de ir caminando junto a tu hija de casi catorce años, más alta que tú, más guapa que tú, más joven que tú, más delgada que tú, más moderna que tú y con más estilo que tú.

Bueno, y eso contando con la ventaja de que no me conservo mal y los genes de mi familia hacen que me vea más joven de lo que soy, eso, más las locuras que hago y mi escasa madurez, hacen que no sea una madre muy normal, pero incluso así, hoy bajaba caminando junto a ella hacia la piscina, y cuando me he dado cuenta, mi hija iba andando a mi lado como si fuera una modelo recién salida de la semana de la moda de Nueva York, mientras, yo, iba buscando mi móvil en el bolso con las gafas de sol medio caídas, la camiseta torcida con poco arte y unos andares de pato propiciados por las raíces que me encontraba en el camino, entonces piensas, “que triste, con lo que era yo antes”.

Cuando vuelves de la piscina toda mojada y con los pelos como las hipies te consuelas mirándote al espejo y pensando que tienes estilo de surfera, eso sí, surfera con clase, te vas a por esa botella de vino que tenías reservada para las ocasiones y decides que las ocasiones pasan tan rápido como la edad, así que abres la botella tú sola, porque la edad me ha enseñado a ser autosuficiente, te echas una buena copa de vino, buscas el salmón que tenías guardado y lo abres. Tus hijos dicen que, si vas a poner la comida, entonces los miras con la superioridad de una madre madura y autosuficiente y les contestas que antes vas a tomarte una tapita, y en media hora les pones el almuerzo.

Te sales al jardín, te pones música en el móvil y te comes tranquilamente el salmón en diez minutos, ya que la media hora que pensabas dedicarte no ha podido ser. Suspiras, y asumes que la vida es así, pero que siempre puede mejorar, así que con toda tu buena intención te propones madrugar al día siguiente y ponerte a hacer deporte como una loca, te propones dejar las hamburguesas y pasarte a la lechuga, y te vas a la cama deseando que llegue el día siguiente para cumplir tus objetivos y comenzar una reconstrucción de tu yo personal.

Amanece, y… una, dos, tres y cuatro horas después, te levantas, sí, esa no era la hora que habías planeado, pero la noche anterior te acostaste bastante tarde. Intentas tomarte solo un cafelito, pero tu padre ha comprado churros pringosos y grasientos pero riquísimos, así que piensas que, por uno, dos, tres, cuatro o cinco churros, no vas a engordar. Después te sientes culpable y decides hacer deporte, pero el antibiótico que te has tomado para la muela hace que te entre el sueño de un oso en hibernación, así que decides nadar en la piscina y así compensas la hora de sofá. Llegas a la piscina, y piensas que, si nadas no coges bronceado, por lo que haces tres largos para cubrir expediente y con las gafas de sol, te quedas dentro del agua absorbiendo toda la vitamina que te aporta el universo.

Entonces es cuando encuentras la solución a tus problemas, unas gafas de sol llenas de churretes que no te dejen ver a esas jovencitas de dieciocho que se han sentado en el borde de la piscina cerca de ti, otra buena copa de vino, y hacerte una de esas fotos en las que sabes posar tan bien y que te suben la moral.

Así que no lo intentéis, no lo penséis si quiera, la vida es muy corta y yo no tengo cara de caracol como para estar comiendo lechuga todo el día.

Mi consejo: Vive feliz, y bebe buen vino, te verás mejor.

Por: María Beatriz Muñoz Ruiz