Ya desde el exterior, Daira observaba el gran castillo que hasta hacía unos días había considerado su hogar y que ahora ardía entre las llamas, aquellos que creía su familia iban a entregarla en sacrificio al gran Dios.

Sus ojos aún inundados en lágrimas bajo el dolor de la traición convirtieron sus poderes en destructivos, todos los que quisieron hacerle daño, ahora perecían entre las llamas consumidos por sus pecados.

Daira giró sus pies, y sin mirar atrás, se adentró en el bosque, allá donde su madre tierra la había acogido siempre; ella la cuidaría y mantendría alejada de la gente de Danvor, una pequeña aldea en la que nunca la habían querido.

Todos la observaban con desprecio y temor, de pequeña pensaba que era por el color fuego de su melena o su rostro pecoso y lechoso.

Daira nunca fue como sus hermanos, eso estaba claro, ellos eran morenos y de tez bronceada. Pero ahora lo entendía todo, mientras se adentraba en el bosque recordaba las palabras de desprecio de la que creyó ser hija “No eres mi hija, mi marido te encontró en el bosque y decidió adoptarte, pero ahora que él ha muerto puedo hacer contigo lo que quiera, y si el pueblo quiere la cabeza de una bruja, la tendrá”.

Cuando Daira llegó al interior del bosque, su respiración se volvió más calmada, los latidos de su corazón dejaron de galopar y se transformaron en una música acompasada que sonaba con cada uno de sus pasos. Su melena pelirroja se mecía y bailaba con los mismos movimientos suaves que lo hacían las ramas de los árboles, su alma se estaba curando y la paz inundo su cuerpo.

Las ramas de los árboles iban cerrando a su espalda el camino para protegerla, Daira sonrió, respiró profundamente y sintió que había llegado a casa.

Pasaron algunos años desde la desaparición de Daira, todos pensaban que había perecido junto a su familia en el seno de aquel enorme y frío castillo, sin embargo, algunos inventaron la leyenda de que su alma de bruja se había refugiado en el bosque, de ahí que se hablara de un bosque maldito en el que nadie osaba entrar a no ser que estuviera borracho o loco, y éstos habían extendido aún más esta leyenda.

Por este motivo, cuando la Inquisición hizo su particular caza y quema de brujas, la aldea de Danvor fue la primera en aparecer como candidata ideal, y aquellas mujeres que miraron con desprecio a Daira y deseaban su muerte, ahora se enfrentaban a un ridículo juicio, una pantomima y una campaña de advertencia para los que se desviaran de las enseñanzas de la iglesia. El temor siempre ha sido el arma más poderosa de dirigentes, y en aquella época, la Iglesia era considerada un estamento de los más poderosos, no podían dejar que sus fieles fueran libres de pensar que existían otras opciones.

Daira escuchaba en su cabeza los lamentos de aquellas mujeres quemadas en la hoguera, pero aquel no era su problema, cada cual debía librar sus propias batallas, al igual que ella había librado las suyas.

Cerró los ojos e ignoró las llamadas de auxilio.

–¿Tú eres la bruja del bosque? – escuchó Daira a su espalda, volviéndose inmediatamente para averiguar quien se había adentrado en el bosque sin su consentimiento.

Frente a ella había un hombre aproximadamente de su edad, de complexión corpulenta y musculada, su pelo era rubio y alborotado, su cuerpo no era el de un noble; su piel estaba bronceada y su vestimenta era humilde–¿Eres la bruja del bosque? –volvió a repetir él.

–¿Quién se atreve a preguntar? – dijo ella haciendo gala de todo su poder para ahuyentar al intruso.

David vio como aquella hermosa mujer creó un pequeño tornado de hojas que comenzaron a rodearlo, los árboles comenzaron a moverse y el cielo se oscureció.

–¡Te ruego me escuches, mi hermana va a ser quemada en la hoguera mañana, ella no es bruja, va a ser quemada injustamente! – gritó David para hacerse oir en medio de ese tornado de hojas.

Los ojos de Daira se enfurecieron más, y de sus manos brotaron dos llamas de fuego– ¿Me estás diciendo que si fuera bruja sí que sería justo que la mataran?

–No, no, claro que no, yo no quiero que maten a nadie, yo solo quiero que me ayudes a salvar a mi hermana. –suplicó David arrodillándose –te daré lo que quieras.

–No necesito nada–dijo Daira apaciguando su ira y dejando de usar sus poderes. Iba a ignorar a aquel hombre, pero sin saber por qué, giró de nuevo sobre sí, y lo miró con curiosidad–Si salvo a tu hermana, quiero un hijo tuyo.

David se puso en pie, Daira se había acercado a él y ambos parecían sentir una energía de atracción que hacía que todos los problemas dejaran de existir.

–No tengo hijos, no estoy casado–dijo él.

Daira suspiró, –mira que sois cortitos los hombres– se mofó ella.

David comprendió a lo que se refería– ¿Tú y yo?

–Como vuelvas a hacer otra pregunta estúpida, seré yo la que queme a tu hermana. ¿Aceptas o no?

Daira acercó sus labios a los de David y los rozó suavemente, él sintió el aliento cálido de ella y deseó adentrarse en aquella sensual boca, pero en ese instante, su calidez se enfrió, ella se retiró bruscamente.

–No eres digno de ser el padre de mi hijo, pero salvaré a tu hermana, has demostrado mucho valor viniendo aquí, pero… eso sí, me debes un favor, y llegado el momento me lo cobraré.

Al día siguiente, los inquisidores murieron por causas desconocidas, y la aldea de Danvor se volvió invisible en el mapa, como si nunca hubiera existido; aislados, invisibles, borrados ante el mundo. ¿Condenados o salvados? Los aldeanos vivieron muchos años incomunicados, nadie salía ni entraba, para los aldeanos de Danvor todo estaba demasiado lejos, los avances en el transporte no llegaron allí, vivían de sus propias cosechas y productos locales, el activismo de la mujer en otros lugares del mundo, no fue conocido allí, por lo que tuvieron que seguir conformándose con ser ciudadanos de segunda.

Una aldea a la que jamás alcanzaron las guerras no es solo una aldea en paz, fue una aldea en la que las mujeres no se vieron obligadas a prescindir de sus maridos o padres, por lo que estos siguieron manteniendo su estatus de poder.

Toda nuestra evolución ha sido producto de ciertos problemas a los que el ser humano ha buscado solución, pero si no existen esos problemas, no existe ningún motivo para buscar soluciones y por lo tanto, no se evoluciona.

Daira escuchaba al mundo en su cabeza, pero en su corazón aún existía rencor hacia sus vecinos, hacia toda esa gente que en el pasado la miró como si fuese un bicho raro. Su aspecto era el mismo, pero hacía más de cien años que habitaba aquel bosque, no sabía si era debido al cansancio, pero sabía que había llegado el momento de dejarlos libres y alcanzar ella también su libertad, así que simplemente, se dejó ir, y cuando sus latidos dejaron de formar parte del mundo de los mortales, la tela invisible que cubría la aldea desapareció y para bien o para mal, Danvor quedó expuesto al mundo.

Daira se marchó en silencio, sin pedir nada y sin dejar nada atrás, en soledad, en paz y sintiendo que nada les debía.

–Y ahora, pequeña brujita, vamos a dormir que es tarde– dijo la madre de Susana, cerrando el libro de gruesas páginas.

La pequeña se quedó en silencio, pensativa y con el entrecejo contraído en señal de disconformidad. –No lo entiendo, mami– dijo Susana.

–¿Qué no entiendes? – preguntó su madre mientras la arropaba en la cama.

–No entiendo el por qué David desapareció de la historia, pensé que se casarían y serían felices– protestó Susana– tampoco entiendo por qué no le pidió el favor que le debía a cambio de salvar a su hermana. Y tampoco me ha gustado que muriese sola y aislada, no es justo.

–Cariño, la vida nunca es justa, pero tenemos que sacar esas pequeñas gotas de felicidad o paz de cualquier situación. Daira fue dañada, la ira la cegó y actuó mal, eligió su camino, quizás actuó justamente, pero la venganza ensucia el corazón y eso es complicado borrar. Ella cumplió su penitencia y la aldea también. Con respecto a David… tal vez hubiese funcionado si él hubiera vuelto al bosque, pero en este mundo, la mayoría de la gente se mueve por egoísmo, y, una vez cumplido su deseo, todo se olvida. David no merecía a Daira, y ella podía ver la fealdad en el alma de los demás, por eso jamás abandonó su bosque. ¿He aclarado tus dudas? – preguntó su madre, apagando la luz del dormitorio y encendiéndole la pequeña lucecita que había junto a la cama.

–Sí, ahora lo entiende, que triste es ver lo que otros no pueden ver, ya no quiero ser bruja de mayor, prefiero pensar que todo el mundo es bueno– dijo Susana, haciendo sonreír a su madre.

–Haces bien, cariño, pero cuando descubras que alguien no es bueno, ya sabes que estoy aquí con mi abrazo sanador lleno de amor, porque… ¿te cuento un secreto?– susurró su madre, viendo como Susana abría mucho los ojos y asentía, –Yo sí soy bruja.

Por María Beatriz Muñoz Ruiz