Siempre hablo en mis escritos de olvidar el mundo real en el que vivimos, de sumergirnos en esas maravillosas historias que nos reservan los libros y dejarnos llevar a otro mundo alejado de éste, pero nunca había experimentado la sensación de lo que se siente al olvidar realmente todo, porque en realidad, lo que yo deseaba era recordar y vivir cuando lo deseara en otro universo paralelo donde todo fuera una utopía.

Los sueños, aunque muchos no les den importancia, pueden cambiar la mente del ser humano y enseñarlo, tal vez yo no soy la única a la que los sueños hayan dado alguna lección valiosa, tal vez, no soy la única que intenta aprender de ellos, lo que ocurre es que la gente, en su ajetreada existencia, no tiene tiempo de analizar un simple sueño o un despertar, sí, habéis leído bien, he dicho un despertar.

El otro día, estaba tan agotada, que, por la noche, mientras veía una serie, mis párpados ya dijeron que hasta ahí habían llegado y comenzaron a cerrarse, no sé si me despertó una de las luchas de la serie, alguno de mis niños o simplemente mi cerebro detectó que no debía seguir durmiendo porque no era el momento, pero el caso es que me desperté de repente, asustada y sin saber dónde estaba. Por unos segundos mi mente olvidó donde me encontraba, que día era, que hora era, en que casa estaba, y, por muy escalofriante que pueda parecer, olvidé quien era yo y quien era mi marido, que estaba sentado en el otro sofá.

A los cinco segundos de aquel despertar repentino, mi mente comenzó a procesar toda la información, y a sacarme de mi terrorífico caos.

Yo no suelo quedarme dormida, cuando duermo es porque lo he decidido, y en esa ocasión, al no haber sido consciente y no haberlo hecho intencionadamente, todos esos cables que transportan información a nuestro cerebro, se ve que no procesaban la imprudencia de no haber controlado algo tan simple como el sueño.

Os estaréis preguntando lo absurdo de mi reflexión, y también a donde quiero llegar; pues bien, quiero llegar al hecho de que la enfermedad de Alzheimer nunca me había parecido tan terrorífica desde la perspectiva del enfermo, ya que mi pensamiento era que los que realmente sufrían eran los familiares que veían como esa persona iba olvidando todo progresivamente.

Ahora comprendo que estaba equivocada, el pánico que viví por esos brevísimos cinco segundos, es el mismo pánico con el que las personas con Alzheimer deben convivir el resto de su vida.

Me imagino el terror que debe sentir esa persona que de repente mira a su alrededor y no sabe quién es el individuo que está sentado al lado, pero lo peor llega cuando sabes que tienes esa enfermedad e intentas disimular delante de todos para que no se den cuenta de que vas a peor.

Imaginad que sin saber cómo, os encontráis en un sitio desconocido, la gente que está allí actúa como si te conociera, pero tú los miras sin saber de qué están hablando ni dónde estás, entonces, después de aquel pánico inicial, en tu cerebro hay dos de esos cables que se conectan y te recuerdan tu enfermedad, y en ese instante, tu instinto de supervivencia te dice que debes disimular con la esperanza de que ese lapsus dure poco y consigas recordar algo.

En esta fase es donde se pasa peor, ya que sabes lo que te está sucediendo y conoces el resultado final, tan solo queda el anhelo de que todo suceda lento, muy lento, para que al menos, te dé tiempo a inventar alguna forma de sentirte seguro en un mundo que descubres cada día como si fuera nuevo.

Así que si dudáis si los sueños enseñan, dejad de dudar, porque tal vez no todos los sueños enseñen, pero de los despertares se aprende.

Cuando miréis a alguien con Alzheimer y lo veáis perdido y asustado, tened paciencia, acercaros lentamente y llamadlo por el nombre de parentesco que os una a él, es decir, padre, madre, abuelo, amigo… ayudad sin que se note que lo estáis ayudando y no lo abandonéis en esos momentos donde el mundo entero es un extraño.

Por María Beatriz Muñoz Ruiz