Destino (Relato de María Beatriz Muñoz Ruiz)

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destino turistico

Mis manos estaban manchadas de sangre, su cuerpo a mis pies, y sus ojos inertes me miraban con sorpresa incapaces de creer lo que había hecho.

Miré mis manos, ¿cómo había llegado a convertirme en una asesina? No podía creer que ella me hubiera traicionado. Cuando miré sus ojos muertos supe que todo había terminado, la vida puede cambiar radicalmente en un año. Mi mente volvió un año atrás.

Aquella mañana llegaba treinta minutos tarde al trabajo, mi alarma no había sonado. La noche antes había estado con mi amiga Ana de cervezas y mi cabeza parecía que iba a explotar de un momento a otro, menos mal que mi marido estaba de viaje y no vio el estado tan lamentable en el que me había despertado. Mientras me duchaba me dije: «la última vez que bebo».

Cogí un taxi, pero el tráfico era horrible a esa hora y decidí dejarlo a medio camino para seguir a pie. En mi carrera desenfrenada y una vez dentro del edificio donde trabajo, tropecé con una chica y nuestras carpetas cayeron sonoramente al suelo, esparciendo sus papeles y los míos.

—Lo siento mucho —dije rápidamente, intentando recoger sus papeles y los míos lo más rápido posible.

—No te preocupes —contestó la chica con una sonrisa encantadora.

Su pelo era espectacular, parecía una geisha de esas que salen en los anuncios de champú con su melena larga, negra y lisa. Ese instante fue mi final, su mirada verde y profunda, su sonrisa encantadora y su amabilidad, me cautivaron dejándome sin palabras. Lo único que hice fue sonreírle, darle las gracias por ayudarme a recoger y salir corriendo al ascensor.

Cuando llegué a la sexta planta, mi jefe ya había empezado la reunión con todos los demás. Entré rápidamente intentando no llamar la atención, pero me fue imposible, el chirriar de la maldita puerta me delató y todos miraron hacia mí.

—Andrea es el claro ejemplo de por qué necesitamos a alguien que os enseñe cómo trabajar en equipo —indicó mi jefe mirándome con desaprobación—. Esta mañana mismo empezareis, será solo una hora al día durante esta semana, espero que colaboréis en todo lo que os diga y le hagáis más caso que a mí. Y por supuesto, espero puntualidad por parte de todos y seriedad —dijo antes de irse de la sala de reuniones.

Me senté junto a Arturo, uno de mis compañeros de oficina. La empresa en la que trabajaba era una empresa muy importante en el ámbito asegurador, yo era la responsable de todas las tramitaciones de seguros de vida y en ocasiones hacía de formadora.

—Has elegido mal día para llegar tarde —bromeó Arturo—, se ve que a consecuencia de las desavenencias que ha habido últimamente en la oficina, han contratado los servicios de una especie de coach que nos va a enseñar a trabajar en equipo.

Yo escuchaba la explicación de Arturo, cuando apareció la chica con la que había tropezado a la entrada del edificio. Se ve que no era la única a la que había impactado su aspecto, porque cuando entró todos quedaron en silencio.

—Buenos días a todos —saludó alegremente, ocupando el mismo lugar que momentos antes había ocupado mi jefe—. Me llamo Sara y durante una semana voy a ser vuestra coach. Pero no solo os voy a enseñar a trabajar en equipo, sino que os voy a enseñar a valoraros a vosotros mismos como personas individuales y a valorar a los demás como equipo. Si no os valoráis a vosotros mismos nunca podréis trabajar a gusto con los demás. Además, no solo vamos a lograr eso, sino que voy a conoceros a cada uno de vosotros y voy a valorar si estáis realizando el trabajo adecuado según vuestra forma de ser, vuestra actitud o vuestros anhelos.

—¿Será siempre a la misma hora? Es para organizar el trabajo —preguntó Arturo.

—Mi trabajo consiste también en conoceros, así que no os desharéis de mí tan fácilmente en una hora. Sí que es cierto que vuestra formación en equipo se realizará a esta hora, pero durante el resto del día me dedicaré a ir con unos y con otros para conoceros mejor individualmente.

Al cuarto día, Sara y yo nos habíamos hecho grandes amigas, las horas con ella se pasaban volando y para cuando terminó la semana, nos habíamos habituado a pasar tanto tiempo juntas que el no verla en el trabajo se me hacía raro.

A la semana siguiente era rara la tarde que no quedábamos para un café. Sara tenía que dar formación en una empresa cercana a la mía, por lo que decidimos quedar todos los días para almorzar. Las dos semanas que mi marido estuvo fuera se me pasaron volando. Los días siguientes a la llegada de Alberto no pudimos vernos demasiado, pero nuestra amistad siguió creciendo. Andrea Sara gustaba a todo el mundo menos a Ana y como el sentimiento de malestar entre ambas se hizo patente en varias ocasiones, desistí en unirlas. De todas formas, Ana estaba muy ocupada siempre y eso hizo que no me sintiera culpable a la hora de quedar con Sara.

Los meses pasaron y Sara se había convertido en invitada habitual en nuestra casa, cuanto más me acercaba a ella, más separada parecía estar de mi marido. Parecía estar dividida entre Sara y el resto del mundo, pero no supe lo que me ocurría hasta que una noche, sus labios se posaron sobre los míos. Un escalofrío de placer recorrió mi cuerpo, no podía creer que la unión de nuestros labios pudiera provocarme aquella sensación.

Era fin de semana y mi marido iba a estar de viaje varios días, por lo que invité a Sara a pasarlo conmigo para no estar sola. Lo que nunca imaginé fue que ese fin de semana se convirtiera en el principio de algo. La lengua de Sara se introdujo en mi boca tan lenta y sensualmente que dejé escapar un gemido de placer, cerré los ojos y me dejé llevar por aquel mundo de sensaciones increíbles mientras sus manos me desnudaban lentamente acariciando mi cuerpo. Su boca bajó por mi cuello y comenzó a explorar cada centímetro de mi piel, nuestros cuerpos, desnudos en la moqueta del dormitorio, comenzaron a acelerarse en un torbellino de placer, su melena negra se confundía con la mía rubia y nuestras piernas entrelazadas se acoplaban perfectamente como un puzle que siempre ha estado ahí. Sara me enseñó aquella noche que muchas veces estamos ciegas y tan solo vemos lo que la sociedad desea que veamos. Amaba a mi marido, pero Sara era mi alma gemela.

Las siguientes semanas fueron confusas, un sentimiento de culpa y necesidad hacían que no pudiera concentrarme en nada, mi vida no podía seguir así. Sara nunca me dijo que dejara a mi marido, pero yo sentía que no podía seguir engañándolo, no se lo merecía.

Mi decisión estaba tomada, a la semana siguiente, cuando llegara de su último viaje, le pediría el divorcio, pero esa semana cambió todo, parecía que el destino tenía previsto otro plan para mí, el de ser madre. Cuando me enteré no me lo podía creer, pero lo que estaba claro es que en la ecografía se veía muy claro, Alberto y yo íbamos a ser padres. Esa noticia lo cambiaba todo, si me separaba de Alberto, tendría que renunciar a una parte de la vida de mi hijo desde el principio. Mi cabeza iba a explotar por la necesidad de tomar la decisión correcta, pero la decisión fue fácil de tomar cuando Sara me cogió de las manos y me dijo que tomara la decisión que tomara ella estaría ahí y que mi hijo sería el suyo también.

Los días siguientes estuve llorando desde que me despertaba hasta que me dormía. Llamé al trabajo y dije que estaba enferma. Echaba de menos a Sara, la amaba, pero era la decisión más difícil que había tomado en toda mi vida, necesitaba estar sola.

—Hola Andrea, ¿cómo estás? Te he llamado al trabajo y me han dicho que estabas enferma —preguntó Alberto desde el aeropuerto.

—Estoy bien, Alberto, no te preocupes. Cuando llegues te lo explico —contesté intentando sonreír como si a través del teléfono él pudiera ver mi sonrisa. Aquella noche le daría la noticia de que iba a ser padre, no podía esperar más. Ya lo sabían Sara y Ana, y no podía permitir que se enterara por otras personas.

A los cinco minutos de la llamada de Alberto, el timbre sonó, me asomé con precaución, era Sara. Mi mente comenzó a dar vueltas, Alberto llegaría dentro de poco y necesitaba estar relajada para contarle todo.

Cuando abrí la puerta, Sara se me abrazó fuertemente.

—No me dejes, Andrea, te necesito, te amo, sé que dije que te apoyaría y respetaría cualquier decisión que tomaras, pero no puedo perderte —suplicó Sara sin dejar de abrazarme.

—Sara —susurré dulcemente—, no es a ti a quien pensaba dejar esta noche. Cuando me hice la pregunta de si podía vivir sin ti o sin Alberto, me di cuenta que no podría pasar ni un día de mi vida alejada de ti.

—¿En serio? —preguntó ella dubitativa.

—Sí, en serio. Te amo, no podría vivir sin ti. Sé que esto será una locura, que tendremos que adaptarnos a ser madres, a una nueva vida y a las críticas de la gente, pero prefiero eso a estar sin ti.

—¿Sara, Andrea? ¿Os pasa algo? —preguntó Ana desde la puerta.

—Pero bueno, ¿es que he mandado hoy invitación para una fiesta por error? —bromeé, de buen humor.

—No, es que quería hablar con Alberto de un tema de trabajo y era urgente. ¿Ha llegado ya? —preguntó Ana pasando y cerrando la puerta tras ella.

Sara y yo nos sentimos incómodas ante Ana, era extraño, pero Ana había pasado a un segundo plano. Últimamente había descubierto a una Ana superficial e interesada, y, desde que le conté lo de mi embarazo, nos habíamos distanciado algo más, solo me llamaba para aconsejarme que no le dijera nada a Alberto por teléfono. A veces parecía más ilusionada que yo por el bebé y otras veces la descubría mirándome con una especie de odio incomprensible.

—Alberto aún no ha llegado, pero no es el momento de que le hables de negocios esta noche. Necesito hablar con él a solas, así que si fuerais tan amables de iros las dos… Mañana podréis pasaros cuando queráis, pero esta noche no es el momento —sugerí invitándolas a salir y abriéndoles la puerta.

—Vaya, siento haber estropeado tus planes —se disculpó Ana—.  No te preocupes, ya me voy, pero ¿puedo ir al servicio antes?

Yo asentí y mientras Ana fue al servicio, aproveché para besar rápidamente a Sara. Cuando Sara estaba a punto de irse, sin saber por qué, la expresión de sus ojos pasó de felicidad a auténtico terror. Como si estuviera viendo la escena a cámara lenta, pude visualizar a Sara abrazándome e interponiéndose entre la bala de Ana y yo. Al instante el cuerpo de Sara se desplomó en mis brazos y frente a mí pude ver a Ana sosteniendo un arma.

—¡Sara! ¡Ana! ¿Por qué? —fueron las únicas palabras que pude articular.

La risa de Ana me heló la sangre, parecía alguien totalmente distinta a la amiga con la que me había ido tantas veces de cervezas, a la amiga a la que le había contado mis confidencias… Me negaba a creer que aquello estuviera sucediendo en realidad.

—Eres tan confiada y estúpida que nunca has sospechado de tu adorado Alberto o de tu buena amiga Ana. Llevo años intentando convencer a Alberto de que te deje y cuando por fin iba a hacerlo, vas tú, y lo estropeas todo con un estúpido embarazo —dijo furiosa Ana moviendo el arma y paseándose por el salón.

Yo en ese momento me encontraba demasiado lejos de la puerta, ya que había retrocedido por el impacto de la situación, mientras Ana relataba lo mucho que había luchado para ser la esposa de Alberto, yo buscaba desesperadamente algo con lo que defenderme, entonces recordé un arma que Alberto escondía en su despacho. Me moví con cautela y rápidamente salí a correr hacia el despacho, pero Ana fue más rápida y me bloqueó el camino.

—¿Dónde pensabas ir, pequeña y delicada florecilla? —dijo Ana sonriendo perversamente mientras yo buscaba otra escapatoria en la puerta de atrás de la cocina—. Andrea, no me seas estúpida. Alberto se retrasará, pero para cuando él llegue debo tener preparado todo el escenario perfectamente para que parezca un asesinato pasional.

—Ana, no tienes que hacer esto, esta noche iba a abandonar a Alberto, será todo tuyo, le concederé el divorcio —intenté explicarle.

—Lo supuse, querida —dijo ella, lamiendo la pequeña arma con la que había disparado a Sara—. Fue muy enternecedora la escena, pero, aunque lo hubieras dejado, ese pequeño demonio que nace dentro de ti, se llevaría prácticamente todos los dineros de Alberto, y eso es algo que no puedo permitir. Alberto y yo estábamos unidos desde pequeños por lazos inquebrantables, estábamos destinados a estar juntos, pero los padres de Alberto murieron antes de que pudieran explicárselo.

—¿Se puede saber de qué me estás hablando? —pregunté yo, intentando ganar tiempo, ya que a lo lejos estaba viendo a una Sara tambaleante venir hacia Ana con un bate de béisbol en la mano.

Ana suspiró fuertemente.

—Yo fui creada para Alberto. Él y yo pertenecemos a un clan de siervos de Lucifer, una estirpe de sangre limpia y pura que procreará a alguien aún más puro. Alberto es mi hermano, pero crecimos separados para que llegado el momento nuestra entrega fuera más natural. Sin embargo, llegaste tú y lo estropeaste todo, él se enamoró de ti, y por muchas zancadillas que te hiciera, siempre terminabas en sus brazos.

En ese instante, Ana se percató de la dirección de mi mirada y se volvió justo a tiempo de detener el golpe que iba a propinarle Sara. Mi cabeza actuó rápidamente y alcanzando uno de los cuchillos que había cerca de mí lo introduje sin pensar demasiado en el cuerpo de Ana.

Mis manos, mi cuerpo, toda yo estaba manchada con la sangre de Sara y Ana, pero instintivamente miré a Sara y corrí a sostenerla.

—He llamado a la policía, todo ha terminado —dijo Sara desplomándose en mis brazos inconsciente pero viva.

—Ella cree que ha ganado esta vez, siempre ha sido mejor que yo actuando —susurró Ana desde el suelo e intentando hablar entre tos y tos—. Huye con tu bebé o Sara se lo llevará y lo usará para dominar a los clanes que creen en la leyenda del Dios Oscuro y el ángel dorado.

Aquella situación parecía surrealista, como si estuviera andando en un mundo paralelo en el que nada de mi vida hasta entonces hubiera sido real.

—Para los míos yo era la elegida, pero para los seguidores de mi hermana la elegida eras tú. Si sigues con ella olvídate de tu hijo.

En mi cabeza toda esa información parecía salida de un cuento, pero no podía arriesgarme a que fuera real, necesitaba pensar y ver las cosas desde fuera. Entonces, miles de momentos y de encuentros con Sara comenzaron a parecer no tan fortuitos. Pero no era el momento de pensar, si mi bebé estaba en peligro, debía salvarlo.

Así comenzó mi vida de fugitiva, una vida en soledad en la que no me puedo fiar de nadie y en la que he ido descubriendo cosas escalofriantes de un mundo que creía conocer.

Por María Beatriz Muñoz Ruiz