Las últimas horas del domingo presumen que una semana llena de quehaceres y compromisos comienza otra vez. Al lunes, reunión con el jefe de tu sector por todo el día, al martes, aquella presentación de indicadores que estuviste preparando por horas y te volviste loco. Por el miércoles, ¡uff! Tienes que salir del trabajo tan pronto como pueda para asistir al teatro de tus hijos en la escuela. Al jueves, nada más que miles de llamadas y documentos por organizar, pero te importa un bledo ya que el viernes está cercano. Por fin, te dedicas a cerrar las pendencias y temas de la semana y listo, se asoma el finde tan anhelado para disfrutar. Lo curioso es que con tantos compromisos no nos damos cuenta del tiempo. Vamos trascurriendo la vida con el sentido automático de la rutina, pero qué falta nos hace tener un día mayor.

Esa sensación de que siempre habrá algo por empezar y terminar es tan involuntaria que la hemos absorbido en nuestro interior. Quizás sea porque nos cobramos tanto y relajamos de menos, poniendo carga extra en nuestros días. Intentamos abarcar el mundo y tener el control de todo, sin percibir que perdemos detalles sencillos y acabamos como rehenes del tiempo. Rehenes de nuestra propia inseguridad, de no cumplir con un sinfín de obligaciones que nos produjo el mundo moderno. Rehenes de una avalancha de informaciones que nos comprometemos a procesar como si fuéramos una computadora en su plenitud. Y además de rehenes, cómplices de este derroche de la vida que está sepultando nuestro tiempo libre y enfermándonos la mentalidad. Exactamente, enfermando nuestra conciencia y agotando el goce de la vida.

El goce de cosas pequeñas y simples que quedarán en nuestras memorias por siempre. El compartir con la familia y amigos, el desayuno despreocupado por la mañana – la principal refección del día. El sábado por la tarde en el parque, el sol poniente en los días de invierno. El ir de compras y autorregalarse, al lugar de preocuparte únicamente con los otros. El café o la cerveza por las noches con tu pareja, aquel libro tan amigo que abre las puertas del universo. Acciones tan comunes que han caído en el olvido y no hacen más parte de nuestros días. Placeres que nos robó la rutina y por conveniencia echamos la culpa en el tiempo.

Puede que sea culpable el que por creación divina nos delimita el día de la noche. Puede que esté pasando de volada mientras nos colmamos más y más de compromisos. Estamos al borde del medio del año, pronto nos llegará la navidad. Para el trascurso de estos ligeros días, se necesita actuar con gran agilidad. Vámonos sin preocuparnos con el reloj, nuestro amigo lejano que no para de trabajar. Lo importante es cargarse de todo, y si lo olvidamos, hay que apuntar. Trabajo, citas, tareas, tal vez festejos. Nuestras horas libres luego se ocuparán. Con mucha prisa vamos envejeciendo, con anchos pasos seguimos caminando. Ya es imposible estar al pendiente del mundo, porque en verdad el tiempo se nos está escapando.

Por: Saulo Bueno
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