Entrevista al escritor Alfredo Barrera Cuevas

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Cuando la pluma empieza con los números y se desvía soñadora hacia la poesía, da como resultado un hermoso libro destacado por una mezcla de sentimientos e inteligencia que, combinados crean un tesoro que ya muchísimos han encontrado, me refiero a la obra literaria de Alfredo Barrera “Palabras encadenadas: Multiversos nivel cero”.

Alfredo Barrera es un gran escritor sevillano, más concretamente de un pueblecito encantador de Sevilla, Las Navas de la Concepción. Actualmente vive en Sevilla, pues su trabajo de docente se encuentra allí, pero siempre que puede va al lugar en el que ese niño de feliz infancia fue moldeado hasta convertirse en la gran persona que es hoy.

Hoy voy a entrevistarlo para que lo conozcan un poco más y para cuando se adentren en la profundidad de sus poemas, reconozcan al autor en ellos y vuelen con sus letras olvidando el paso del tiempo, porque de eso trata la literatura, de olvidarse del mundo y quedar atrapados entre las letras, o como bien hace referencia Alfredo, encadenados a las palabras.

Tengo claro que amas las matemáticas, pero… ¿cómo te adentraste en la literatura? ¿Cuándo supiste que la escritura también iba a formar parte de tu vida?

Creo que la literatura me entusiasma, no más, pero sí antes que las matemáticas. Descubrí que las matemáticas eran mi pasión en mi época de instituto, pero la lectura de relatos cortos y poemas me ha maravillado desde que tengo uso de razón. La lectura de textos más extensos comienza en la juventud, a la par que mi interés por las matemáticas. Respecto a la escritura, recuerdo que de pequeño ya componía algún verso que otro y me gustaba inventar pequeñas historias, después llegaron las pasiones de juventud, con ello, las cartas y poemas de amor y descubrí que me apasionaba escribir, sobre todo, escribir sobre lo que siento o sobre lo que me transmite.

Háblanos sobre tu libro “Palabras encadenadas: Multiversos nivel cero”. Cuéntanos también cómo surgió la idea.

“Palabras encadenadas: multiversos nivel cero” es una selección de escritos que van desde mi juventud hasta, prácticamente, el momento antes de publicarlo. Elegí poemas y relatos que consideré adecuados tanto por tener el mínimo de calidad literaria que yo exigía como por el hecho de ser, en cierto modo, confesables, porque podría explicar sobre qué tratan, aunque hay algunos de los que nunca desvelaría todo lo que encierran.

Los escritos más antiguos están retocados por la experiencia gramatical que haya podido adquirir al cabo de mis años, pero he querido que mantengan su esencia original. Los últimos quizás se caractericen por un mayor sosiego, pero también por una mayor profundidad.

La idea de publicar un libro no entraba en mis planes, de hecho, compartía mis escritos en redes sociales libremente. Dos amigos, independientemente uno del otro, pero ambos profesores de Lengua y Literatura me animaron a publicar en reiteradas ocasiones hasta que me convencieron. El formato del libro está inspirado en “El hacedor”, de Borges, que recoge una amalgama de textos en prosa y verso, pero mi mente matemática necesitaba una estructura más definida y de ahí surgieron los dos capítulos y las distintas secciones en que se divide, así como el prólogo que me obligué a escribir.

¿Cómo fue la infancia de Alfredo barrera? Si cerraras los ojos y volvieras a recordad aquellos años ¿Con que recuerdo te quedarías?

Mi infancia fue de lo más normal de aquella época de los maravillosos años 80, ambientada en un entorno rural, en una familia humilde, pero con muchas perspectivas de futuro y, sobre todo, con muchos valores. Me alentaban hacia el estudio y a buscar un futuro lejos de las vicisitudes que caracterizaban nuestra vida, pero siempre me hacían reflexionar sobre el valor de todo lo que teníamos y ver sobre que nunca debía olvidar mis orígenes. Mientras ellos vislumbraban un futuro incierto para mí y mi hermano, yo me divertía con juegos populares que se desarrollaban en plazas y calles o con las típicas travesuras y andanzas que se fraguaban por los alrededores del pueblo. Me críe en un ambiente muy sano, conservo las amistades de aquellos años, ya que, salvo en épocas de trabajo, hago mi vida en el pueblo y la gran mayoría de mis recuerdos los guardo con entrañable cariño. Fui un niño feliz porque tuve prácticamente todo lo que se necesita a esa edad: familia, amor, amistad, ocio, tiempo, libertad y cierto grado de responsabilidades, que hoy me hacen valorar muchas cosas de las que he conseguido. Lo único que echo en falta de lo que viví en aquellos años, ya que no tuve la oportunidad o suerte, fue el hecho de conocer a mis abuelos paternos. Eso sí lo eché en falta porque conocía sus historias, a través de mi padre y sus familiares, pero me hubiera encantado conocerlos.

¿Te ha inspirado alguien a la hora de escribir?

Sí, creo que toda persona que escribe ha estado y ha sido inspirada por algo o por alguien, consciente o inconscientemente. La inspiración, como el hecho de sentirse motivado por alguien y sus formas, temáticas o estilos, me viene de Antonio Machado, Bécquer o Lorca, entre otros, incluso de poesía foránea como pudiera ser la poesía de la Europa del Este, la árabe o la japonesa y, por poner también un nombre de mujer en esta lista, porque las hay, destacaría a Wislawa Szybosrka, poetisa polaca que fue Premio Nobel de Literatura. La inspiración, como estímulo que desencadena un impulso a escribir sobre algo, me viene de paisajes y objetos que forman parte de mi ser y, cómo no, de personas a las que amo o por las que se tiene un momento de debilidad en una situación concreta. Supongo que todo aquello que he leído y me ha impresionado está presente en mi forma de escribir o ha sido fuente de inspiración para hacerlo.

Si de todo tu libro solo pudieras salvar uno de los poemas ¿Cuál sería? ¿por qué? ¿Qué representa para ti?

Es una pregunta difícil porque hay varios con los que me quedaría. Los hay que representan un antes y un después en temas importantes de mi vida, los que me parecen de un mayor interés literario, los que tienen un significado muy personal, los que reflejan mi parte más racional y los que lo hacen con la más pasional… Quizás, intentando ser objetivo y buscando un poema que reúna una mayor cantidad de estas cualidades, me quedaría con “La silla de enea”. Es uno de los últimos poemas que escribí, antes de publicar el libro, pero tiene una de las métricas características de mis primeros poemas, está ambientado en un entorno muy familiar y me recuerda a una tarde cualquiera en casa de mis padres, mantiene cierto equilibrio entre el pensamiento filosófico y el entusiasmo vital, me parece un poema de cierta calidad literaria y representa, para mí, una reflexión sobre aquello que se va perdiendo, con el paso del tiempo, y lo que permanece, pese al paso del tiempo.

¿Quién es tu escritor favorito? ¿Qué tipo de literatura te gusta?

Creo que estas dos preguntas habría que responderlas de manera conjunta, al menos, así la responderían las personas que piensen como yo. Hay distintos tipos de literatura que me gustan, que van desde la poesía al artículo de opinión, pasando por el relato corto, la novela, el ensayo o la crítica en temáticas muy diversas. Incluso me atrevería a incluir la letra, como aquella composición que ha sido escrita para ser cantada. Y no hay un escritor que abarque todas ellas o, al menos, que en todas me llene de igual manera, por eso habría uno para cada forma literaria que me seduce. Pero, si tuviera que hacer el ejercicio de quedarme con uno, por encima de todos, me decantaría por Antonio Machado. Su estilo descriptivo, su profundidad en lo cotidiano, su vida y circunstancias hacen que su escritura esté dentro de mis autores de referencia, pero hay un motivo personal, en la forma más humana posible, que me hace inclinarme por él. Cada vez que quiero transportarme a un lugar, a un hecho, a un recuerdo, a un momento, aparece un poema de Antonio Machado que lo describe de la forma exacta en como yo hubiera querido escribirlo y, más allá todavía, en la forma exacta en que se me vienen a la mente las imágenes que lo describen. Por ejemplo, la ciudad de corte andaluz, con patio y limonero, o el campo y su entorno rural, frente a una noria o junto a una ribera; el amor, en su momento álgido o en su ocaso, y la tristeza, en su cruda realidad o cuando se busca el consuelo; la infancia, entre la nostalgia de lo que no volverá y la ilusión que producían aquellas ferias de antaño, y edades más avanzadas, en el preludio de la muerte o por la madurez que produce la reflexión extrema. Por esos motivos, de entre los muchos escritores y escritoras que leo y me llenan realmente, elegiría a Don Antonio Machado. Es como el estímulo que despierta al niño, al adulto, al amante, al contemplador, al poeta y, seguramente, al anciano que están aletargados en mi mente.

¿Puedes adelantarnos algo acerca de tu próximo proyecto literario?

Mi próximo libro está casi terminado desde hace dos años, incluso podría decir que fui escribiéndolo mientras le daba forma al primero. Lo que ocurre es que no quise incluir nada de aquello en esa primera obra porque consideraba que culminar aquel libro era cerrar una etapa y comenzar otra distinta, en mi vida y en mi forma de escribir.

Pero ese nuevo proyecto lo tengo en una especie de pausa perpetua porque tengo muchos proyectos paralelos y nunca encuentro tiempo para darle los últimos retoques y la forma definitiva. Este nuevo libro realmente es muy distinto al de Palabras encadenadas en muchos aspectos. Uno de ellos es el estilo de los escritos, que se asemejan a una poesía amorfa o a una especie de texto prosódico, cortado a veces en versos sin sentido lírico aparente. Pero no es algo del todo caótico, sino que va en consonancia con el fondo, que toma más importancia que la forma, ya que influye sobre ella y la moldea. Y son los motivos que me llevan a escribir algo los que hacen que sea un libro más complejo que el anterior, ya que está basado en la reflexión sobre aspectos que se escapan de mi consciencia, incluso. Temas sociales y antropológicos que no acabo de comprender, fenómenos de la psicología que me fascinan, pero se me antojan enigmáticos, conceptos de la ciencia que me llevan a la paradoja, la recurrencia al pasado, como concepto físico abstracto o como la forma de volver a momentos de mi vida que no sé por qué aparecen en un momento y no en otro, cualidades de mi propia naturaleza que me hacen pensar que no me conozco lo suficiente a mí mismo, en definitiva, unos soliloquios que me dejan más dudas que certezas.

Hace poco leí una entrevista que le hicieron al último Premio Nobel de Física, Giorgio Parisi, y respondía esto a la pregunta sobre su investigación sobre las coreografías del vuelo de los estorninos: “Pues eso no tiene ninguna aplicación, parece. Pero aquí quiero decir otra cosa. En la ciencia son muy importantes las metáforas. Porque ayudan a las personas a razonar. Entender cómo funciona el vuelo de los estorninos puede servir para entender otras cosas relacionadas. La idea originaria era que el vuelo de estos pájaros tuviera que ver con la idea de moda. Como hemos podido averiguar, unos pocos pájaros empiezan a dar la vuelta, y los demás los siguen. Más o menos la misma manera en la que empieza una nueva moda.”

Inmediatamente recordé uno de los escritos de este nuevo libro que titulé como “El aparente caos” donde, de manera menos investigativa y más metafórica, reparo en cuestiones de ese estudio. Sinceramente, me sorprendió saber que un Premio Nobel de Física hubiera estudiado en profundidad un tema sobre el que yo tenía escrito un poema. Sobre este poema podría estar hablando horas, pues hay incluso resultados matemáticos que aparecen entre sus versos. El teorema de Ramsey, que ronda por mi mente y, a veces, fluye sobre el papel, es capaz de demostrar que, en cierto modo, el desorden absoluto es imposible.

Creo que este momento de la entrevista, por todas estas circunstancias, es ideal para dejar una pincelada del libro…

El aparente caos

He llegado a encontrar patrones en el aparente caos,
sobre el trazo de líneas ficticias en el firmamento
que van emulando figuras y mitos del ayer,
bajo las incontables gotas de lluvia
humanamente innumerables, mas no infinitas,
o tras el vuelo sistémico de una bandada de pájaros
que levitan como una nube a merced del viento.

Presiento un desorden en la oscuridad
que se convierte en rastro adivinable,
percibo un caos repetitivo que fluye homogéneo
sobre superficies donde no queda rastro de acúmulo
y contemplo un tropel de aves con vuelos independientes
formando un conjunto sensiblemente definido y acompasado.

Me paro a pensar sobre la medida del desorden
–sobre su relación con lo aleatorio y lo casual–
porque no existe el caos absoluto,
porque es imposible la dispersión extrema,
porque no puede haber completa entropía.

Mi mente inconsciente lo sabe
y todo fenómeno sujeto a la contingencia
despierta un interés innato,
una seducción instintiva, en mi ser.

Y ahí, la mágica esencia del aparente caos,
me insinúa sus encantos con pura sutileza
transformándose en razón para mi juicio
y estructura comprendida para mis sentidos.
Ahí, tras la revelación de formas mitológicas en estrellas contiguas,
en la armonía del continuo y monótono caer de la lluvia,
en el estado hipnótico que me produce la danza de los estorninos.

¿Cómo compaginas tu vida laboral y personal con la literatura?

Pues la verdad, mejor de lo que cabría pensar. Una máxima que intento seguir es la siguiente. En el primer cuarto del siglo XIX, el empresario y filántropo (aparente paradoja tener esas dos cualidades) Robert Owen sugirió la regla de los tres ochos: ocho horas para el trabajo, ocho horas para el ocio y ocho horas para el descanso, completando así un día con cabida para todo.

Haciendo un cálculo aproximado, semanalmente le dedico las ocho horas diarias al trabajo y no llego a las siete de sueño, así que las nueve restantes son las que reparto entre mi vida personal y mis aficiones. Creo que son suficientes para dedicar la mayor parte de ellas a mi familia, porque eso lo considero esencial, más si cabe, teniendo hijos pequeños, también suelo sacar tiempo para los amigos y, lo restante, unas tres horas diarias, a lo sumo, dedicarlo a mis aficiones. Si el tiempo que me dedico a mí mismo lo aprovecho bien, acabo haciendo deporte tres o cuatro veces por semana, puedo tocar la guitarra un par de veces, escribir algo casi diariamente, también escucho música durante mis trayectos en coche o mientras estoy en otros asuntos que no requieren atención exclusiva, incluso en periodos vacacionales estudio y dedico más tiempo a otras aficiones. Creo que me falta tiempo para abarcar todo lo que quiero, pero suelo aprovechar bien mi tiempo para estar medianamente satisfecho.

Cuéntanos lo mejor de ser escritor y lo peor, si lo hubiera.

Lo mejor y lo mejor no son aspectos exclusivos, sino complementarios. Lo mejor es ver terminada una obra, recibir cierto reconocimiento y, sobre todo, ver plasmado con tus propias palabras algo que te sucedió o te conmovió y llegar a sorprenderte a ti mismo o reconocer cierta lucidez en esos escritos. Pero eso te puede hacer caer en cierto estado de alarde, envanecimiento o preponderancia que, si no sabes controlar, te puede hacer perder todo crédito y parte de virtud. Lo peor es la autoexigencia de perfeccionar cada línea que uno escribe, de no creer nunca que algo llegó al punto de perfección que uno quiere, incluso de no creer que llegue a penetrar nuestro mensaje o nuestra forma de escribir en los demás, de necesitar, a veces, cierta aprobación externa. Pero eso también te hace mejorar y superarte a ti mismo. Puede que lo bueno y lo malo de ser escritor estén sobre un arma de doble filo que hay que saber manejar en situaciones extremas.

Una novela que te hubiera gustado escribir.

Una novela que me hubiera gustado escribir, y que no descarto hacer en un futuro, es un tipo de novela que busqué en mi época universitaria, la que me hubiera gustado leer en aquella juventud, en los trayectos de autobús desde casas a la facultad donde tantos libros leí. Tengo en mente, y en un boceto difuso, la temática, la trama, algunos pasajes y el final. Solo me falta el tiempo. Ojalá me ponga a ello algún día porque quisiera leer, aunque sea media vida más tarde, aquello que no encontré.

¿Qué consejo darías a las personas que no se atreven aún a dar ese primer paso en el mundo de la literatura?

Más que dar un consejo, ofrecería una experiencia. Aunque nunca es tarde, porque hay escritores eminentes que empezaron a escribir o, al menos, a publicar a edades bastante avanzadas, sí se puede decir que yo publiqué a una edad que no iba acorde con la época en que comencé a escribir, sino que fue mucho más tarde. El motivo es que nunca pensé que aquello que escribía tuviese cabida en un libro y quizás tampoco me veía a mí mismo como autor de una obra. Tuvo que pasar el tiempo y cruzarme con personas que consideraban mis poemas y relatos dentro de una categoría válida para ser publicados y vieron en mí características de un escritor en potencia. Poco a poco fui abriendo esa posibilidad, mostrando a más gente de mi entorno esos escritos y cogiendo la confianza necesaria para publicar. En definitiva, cada una de esas personas con su aporte personal hacia este tema, me abrieron los ojos y me animaron a que diera ese paso. Muchas veces, esa confianza que nos falta y ese apoyo que necesitamos lo encontramos en otras personas, la cuestión es saber a quién acudir para que nos lea, nos haga una crítica constructiva, nos permita creer en nosotros mismos y nos anime a dar nuestro primer paso en el mundo de la literatura que es, posiblemente, el más complejo de todos.

¿Dónde podemos adquirir tu libro?

Este libro es mi primera publicación literaria y, como novel, no sabía muy bien cómo publicar, así que me puse a comparar editoriales para autoeditar. No solo me fijaba en lo económico que me pudiera salir, sino también en la facilidad que se me diera para difundirlo. Tengo la suerte de que mi entorno cercano se ha volcado con el libro y me encargué personalmente de la venta en las dos primeras tiradas. Hice dos pedidos y yo vendía los libros, lo cual sigo haciendo. Pero hay distintas plataformas en internet, donde está disponible el libro, así como librerías que lo tienen catalogado. Y se puede adquirir tanto en formato digital como físico. Me gustaría destacar una página web creada en la Sierra Norte de Sevilla que lo incluye en su sección de cultura. Esta página se llama sientelasierranorte.com y en ella se pueden adquirir muchos productos típicos de la zona. Está empezando, cada vez incluye más productos y me alegró mucho que pensaran en mi libro para incluirlo.

¿Prefieres el libro en digital o en papel?

Yo prefiero los libros en papel, si son exclusivamente para leer, si son para disfrutar de la lectura por el mero placer de ir pasando las páginas y no saber qué te vas a encontrar, porque ese contacto físico es en sí un ritual donde objeto y persona interactúan con más sentidos que si fuese en formato digital: un libro tiene olor y tacto propios, podemos percibir un sonido al voltear las hojas, la vista puede alcanzar más allá del texto en la portada, la solapa, el formato, el tamaño o el color. En los libros digitales podrían buscarse también estas características, pero acabarían oliendo todos igual porque no sería el libro en sí lo que percibimos, sino el dispositivo que los proyecta. Aunque sí destacaría el formato digital por otras características transversales, quizás, a la lectura propiamente dicha como la comodidad de llevar muchos libros almacenados en un dispositivo pequeño, la capacidad de realizar búsquedas rápidas dentro del libro si, por ejemplo, estuviésemos haciendo un análisis o estudio, entre otras.

Así, destaco las virtudes de lo digital, pero me quedo con el papel para el libro de lectura.

Si pudieras escribir un libro con cualquier escritor, vivo o muerto ¿Con quién lo harías?

Posiblemente elegiría a Federico García Lorca. Su obra poética me parece evolutiva, profunda, muy ligada a la cultura andaluza, revolucionaria, misteriosa e inconclusa. Creo que un escritor, así como cualquier artista o científico, que muere en la vejez o en una edad avanzada, podría decir que ha concluido su legado, pero el que ve truncada su trayectoria por una muerte prematura deja un lugar a la reflexión, a la especulación, a la conjetura de cómo hubiera continuado su obra. Me hubiera gustado saber qué le quedaba por escribir a Lorca y, si se me diera esa oportunidad ficticia de escribir junto a él, la aprovecharía al máximo ya que se me ocurren muchas cuestiones que le plantearía por ver qué visión tiene de ellas y saber cómo las plasmaría en papel con su capacidad literaria única.

¿Con que personaje literario te identificas?

Nunca me lo había planteado, la verdad…

Pero, pensando un poco, voy a sacar mi faceta más científica para responder sobre un aspecto literario. Creo que me identificaría con Apóstolos Dioxiadis reencarnado en el sobrino del Tío Petros, un niño que descubre algunas de las maravillas y enigmas de las matemáticas a través de su tío que fue, tiempo atrás, un eminente matemático. Aunque, poco a poco, me voy convirtiendo más en su tío, el actual, el que aparece en el libro, con el que él interactúa, no el matemático del pasado, es decir, con un apasionado de las matemáticas que busca solución a problemas que, casi con toda seguridad, nunca podrá resolver.

El libro se titula “El tío Petros y la conjetura de Goldbach” y, aunque parezca que se trata de un libro muy científico, realmente pertenece a la literatura porque se trata de una historia, en torno a la vida de un matemático, con todas las características de una novela.

Por último, ¿Cuál es el mejor consejo que te han dado en tu vida? ¿Quién lo hizo?

Me han dado muy buenos consejos en mi vida y todos se resumen en algo así como “si es bueno, si es lo que quieres y si realmente te llena, no te quedes con las ganas y hazlo”. Me ha pasado en el plano académico, por ejemplo, cuando tomé la decisión de estudiar bachillerato o cuando me aventuré a hacer el doctorado, en el plano laboral, hace poco cuando pensé cambiar de trabajo y probar suerte en otros lugares, y, por supuesto, con aspectos mucho más personales, como emprender nuevos proyectos de vida o decidir sobre cuestiones familiares. Creo que han sido buenos consejos porque si es bueno, es lo que quiero y me llena, a lo que menos tengo que temer es al fracaso, porque hay algo más grande con lo que soñar o en lo que fijar objetivos, el logro. Esos consejos me los dieron mis padres y mi compañera de vida, en unas u otras ocasiones, que son las personas que mejor me conocían en la situación en que dieron el consejo, las que tuvieron que darme el último impulso para inclinar la balanza hacia el lado correcto en mis infinitas indecisiones, las que me apoyaron en cada proceso y las que más se alegran de cada éxito. Eternamente agradecido porque, sin duda, he llegado donde he llegado gracias a ellos.

Por María Beatriz Muñoz Ruiz