No sé si soy más rara de lo normal o mi mente va por libre, puede que sean tantas novelas e historias de vampiros las que me hacen ser más imaginativa, bueno, he sido condescendiente al llamarme imaginativa, porque en realidad me monto unas películas que ni Spielberg en sus mejores años.

A la mayoría de la gente, cuando ordena el almacén y encuentra un interruptor, no le da por pensar qué encenderá ese interruptor, el por qué está ahí y si no sirve para nada, por qué no lo han quitado; pero yo sí que pienso todo eso; el otro día, mientras colocaba la nueva temporada de bolsos perfectamente ordenada por colecciones en mi parte del almacén, descubrí “el interruptor”, entonces me transformé en el personaje de Mónica, en Friends, me acordé del episodio en el que ellos intercambia los apartamentos con ellas, y Mónica no puede dejar de investigar qué encendía el interruptor que estaba en la puerta. Pues mi interruptor era igual, lo encendí y apagué varias veces, escuché detenidamente por si se trataba de algún activador del aire o simplemente si escuchaba a alguien decir que su luz se había apagado, inspeccioné los alrededores del interruptor por si había algo más, pero nada, así que no tuve más remedio que seguir apilando bolsos y dejar el misterio para más tarde.

Aquello se podría etiquetar como una investigación no terminada producto de la casualidad, así que no considero rara mi reacción ¿o sí? ¿qué habríais hecho vosotros?

Yo creo que hasta ahí podría ser una persona normal, pero hoy ya he podido verificar que he leído demasiado y que mi imaginación se halla demasiado desarrollada y desbordada.

Resulta que hoy tenía que hacer una dotación, es decir, pedir dinero a caja, nunca lo había hecho, así que mi compañera, me explicó cómo hacerlo. Todo iba bien hasta que me dirigí muy convencida de saber dónde estaba la habitación para mandar el tubito.

Todo controlado; a la derecha había un probador, a la izquierda otro, pero yo sabía que la puerta debía estar por allí, así que, sin ninguna duda, me dispuse a encontrar la puerta secreta.

Creo que llegué a contar cuatro probadores, debía ser el del fondo, ¡ahí estaba, seguro!  Cuando entré en él, y vi el taburete que se encontraba a la derecha, mi decepción se hizo patente, pero yo seguía convencida de que debía haber una puerta secreta, así que comencé a tocar la pared y a mirar a ver si había algún pomo para abrir una puerta, pero no, así que hice lo que cualquiera habría hecho; pedir ayuda. Entonces, en un segundo, mi película de investigación se convirtió en una de los hermanos Marx, me dio la risa, porque otra cosa no, pero en reírme de mi misma no tengo reparo, así que toda digna me dirigí donde realmente debía haber ido antes. Y… ahora llega el dilema, el botón rojo, a mí siempre me han dicho que no pulse los botones rojos bajo ningún concepto, pero sin embargo, ahí estaba aquel botón rojo diciéndome que lo pulsara, y como yo no puedo resistirme a los botones rojos, lo pulsé, y automáticamente la tubería se chupó mi tubo, un minuto después mi tubo volvió a ser escupido con lo que había pedido, casi empiezo a dar saltitos de alegría, me hizo tanta ilusión, que cuando recogí el tubo lancé un gracias por esa larga tubería en la que dudo que alguien me escuchara, así que ahí estaba yo, feliz de haber realizado mi primera dotación y riéndome de todo lo que había pasado por mi cabeza, también preguntándome ¿eso le pasa a la gente normal, o solo a mí? Y realmente me gustaría saberlo, porque lo mismo esas cosas también le pasan a los demás y yo dejo de ser tan rara.

Bueno, por lo pronto, seguiré investigando lo del interruptor de mi almacén, lo mismo abre alguna puerta secreta que me traslada directamente a la pasarela de Nueva York, ¿veis? Ya me he dejado llevar por mi imaginación.

Por María Beatriz Muñoz Ruiz