Cuando pasas de los cuarenta años, empiezas a decir que tu época era mejor, que tu juventud era más sana y que vuestra música no decía tantas tonterías como la de ahora. Pero entonces, estás una noche escribiendo tu magnífico y culto poemario, cuando de fondo escuchas que tu padre pone en la tele un programa con música de los ochenta y noventa. Sin darte cuenta, tu cuerpo empieza a moverse al ritmo de esas hermosas baladas que cantaba Eros Ramazzotti, Sergio Dalma o La Guardia, luego pusieron a Madonna y a Michael Jackson, y por supuesto, ratificas en tu mente lo que ya pensabas.

Pero mi enorme convicción se vio aplastada por una gran piedra que sepultó mis ideas e hizo que mi boca se sellara y no volviera a criticar el Reguetón, todo eso ocurrió mientras escuchaba la canción de Wilfrido Vargas, “Mami que será lo que quiere el negro”, yo bailé esa canción de pequeña infinidad de veces, era una de esas canciones del verano que todo el mundo cantaba y bailaba, pero… ¿habéis escuchado detenidamente la letra? Porque mis dedos dejaron de teclear instantáneamente el ordenador para avergonzarme por haber cantado aquella letra tan alegremente “Mami, yo me acuesto tranquila, me arropo pies a cabeza, y el negro me destapa, mami que será lo que quiere el negro”

Pues sinceramente, no hay que ser muy lista para saber lo que quiere el negro, lo que no entiendo es como nuestras madres dejaban que cantásemos aquella canción.

No obstante, pensé que por una canción no íbamos a criminalizar toda una época de grandes artistas, y entonces pusieron a Las Ketchup, si no os acordáis o no llegaron a vuestro país, enhorabuena, porque ya no es solo que la letra de sus canciones fuera ridícula, lo peor es que si la escucho ahora mismo, no puedo evitar bailar y cantar ese sin sentido de palabras raras que más bien parecían un cántico satánico “aserejé, de jebe tu de jebere seibiunouva majavi an de bugui an de guididipi”.

Después de esto, ya me había desconcentrado totalmente y me hallaba cerrando el ordenador cuando, por fin escucho una canción de Andrés Calamaro que me encantaba y que en su momento canté y baile en todos los pub.

No es que la letra fuera apta para menores, pero tampoco se iban a escandalizar, peores cosas escuchan ellos ahora, así que mientras cerraba el ordenador canturreé la letra hasta llegar a una parte que, o bien yo era muy mal pensada, o la canción no debería haber dicho esas cosas “Dulce como el vino, salada como el mar. Princesa y vagabunda, garganta profunda, sálvame de esta soledad”

Dejé de cantar y miré de reojo con vergüenza por si los demás se habían percatado de lo mismo que yo, ¿Garganta profunda? ¿en serio? Ya no soporto más esa decepcionante realidad que me enfrenta a la idea de que todas las generaciones somos meros borregos que cantamos todo lo que tenga un ritmo aceptable.

Decido tomarme una manzanilla para rebajar el estrés e irme a dormir, pero lo que ya me remató fue la última frase que escuché de la canción “Podrían acusarme, ella es menor de edad, iremos a un hotel, iremos a cenar, pero nunca iremos juntos al altar”

¿Perdona? ¡Entonces haces con ella cosas innombrables, es menor de edad, te la llevas a un hotel, pero nunca te casarás con ella! A este tío me lo cargo, menos mal que no analicé la letra de las canciones en mi época, porque si lo hubiese hecho le daba con toda la mano abierta al imbécil que escribió la letra y a los que la cantaban tan alegremente, yo entre ellos, por supuesto.

Todo esto me hace pensar que nuestra generación no era tan especial, hacíamos las mismas estupideces que los de ahora, la única diferencia entre ambas generaciones, no es que nos llamen millennials, generación z o generación de cristal, lo que nos diferencia de los jóvenes de ahora es, que en nuestra época no había internet ni redes sociales, por lo tanto, lo que vivimos en el pasado y las burradas que hicimos o dijimos, se queda en el pasado. Es como la frase que dice: “Lo que pasa en las Vegas, se queda en las Vegas”, así que, a vosotros, jóvenes que os jactáis de tener redes sociales, que sepáis que jamás encontraréis soportes gráficos con los que chantajearnos, se siente (emoji guiño).

Por María Beatriz Muñoz Ruiz