Gabachas de color blanco impecable, símbolo de ciencia y seriedad, de solución de problemas de salud. Y el estetoscopio al cuello, el símbolo del médico, se distinguen como soldados que les hace resaltar y ser únicos, donde quiera que van se les reconoce y se le muestra respeto a la investidura de su profesión. Son pocas las veces que se les ve vestir otra vestimenta, ya hemos memorizado el ímpetu de lo que son y lo que significan. Cada quien se ufana de llamarlos como un miembro de la familia, primero somos pacientes y posteriormente son un agregado más de la casa, los vemos cercanos y siempre están presentes. Son ángeles con el color blanco adherido a la piel y el servir a los demás es un detalle impregnado en el corazón, artistas fabricantes de sonrisas, creadores fecundos de la salud en seres humanos.

Son hombres y mujeres de vocación deslumbrante, de infinita ternura y humanidad, obreros de la salud que no tienen horario, a la hora que se les busque, están presentes, si es avanzada la noche o es la madrugada envuelta de cansancio se les encuentra haciendo guardia con una sonrisa, armados de paciencia y aquel gesto de amor compasivo por ayudar al adolorido prójimo que lo busca, el paciente encuentra en ellos un refugio de amor y piedad al dolor que padece. Ellos son seres humanos excepcionales, aliados permanentes en el dolor.

En tiempos de la pandemia del Covid-19, son ellos, doctores y doctoras, enfermeros y enfermeras y con el compromiso social que tienen que cumplir y con una indumentaria de protección, se han parado en la primera línea de acción contra un enemigo que silencioso llega y que ha hecho estragos en la humanidad. Se contabilizan por miles los fallecidos y por millones los contagiados en diferentes partes del mundo. Ellos, en los Hospitales y Clínicas están librando una batalla que los ha hecho ratificar su vocación, enfrentándose día y noche a esta enfermedad y que sabemos cuándo llegó, pero no cuándo terminará, lo único que saben es que tienen que estar en pie de lucha para seguir salvando vidas. Más allá de ser profesionales, son seres humanos como cualquiera, llenos de miedos, temores, ansiedad, estrés, librando luchas internas que incluye lágrimas sabiendo que tienen el contacto directo con el paciente contagiado. El trabajo de los médicos es una insignia divina escogidos por el corazón de Dios.

Ellos duermen pocas horas, algunos casi nada, tienen un hogar, una familia y en esta emergencia a nivel global son servidores a tiempo completo, de jornadas laboriosas sin horarios. Mientras miles pueden tener la dicha de estar en cuarentena, ellos están lidiando contra el nuevo coronavirus y afanosamente atienden a personas que han sido contagiadas. El nuevo coronavirus es una enfermedad desafiante que genera información nueva cada día, y aún todavía sin encontrar la cura y a cómo vamos, no acabará de la noche a la mañana.

Hoy más que nunca reconocemos la loable labor de los médicos, nuestro respeto y admiración por ser un muro de contención entre el Covid-19 y las personas, están dando todas sus fuerzas para que todo aquel contagiado se cure. Los ciudadanos podemos ayudarles, poniendo en práctica todas las medidas de prevención para evitar que se siga agrandando el número de personas contagiadas. El médico de la familia y que en pleno ejercicio de sus labores contrajo el virus, después de pasar la odisea que le tocó vivir me dijo: ´´ no hay medicamente como la esperanza, ningún incentivo tan grande y ningún tónico tan poderoso como la expectativa de que algo ocurra mañana. Así que: el mejor médico es el que mejor inspira la esperanza´´.

Por eso cuando veamos a un médico, regalémosle una sonrisa, preguntémosle como está, como se siente. La carga psicológica es grande para ellos y tienen que tener resistencia física y emocional para avanzar en el fiel cumplimiento de esta tarea que se torna cada día más difícil. Agradezcámosles en todo momento y démosle todo nuestro apoyo espiritual. Celebramos todo lo que han hecho y siguen haciendo por nosotros y a todos los que han fallecido porque se contagiaron en el ejercicio de sus labores, los vamos a recordar siempre como ese grandioso ejército de héroes invisibles que ofrendaron sus vidas por salvar las de otros.

Por: Fabio Mendoza Obando