El mundo ha ido evolucionando poco a poco hacia la digitalización de todos los servicios, pero lo que parecía estar controlado se puso en evidencia a raíz de la pandemia. Se intentó que el mundo no se detuviera totalmente y que se siguiera trabajando desde casa.

Se intentó, claro que se intentó, pero en ese momento se dieron cuenta de las carencias que había en cada sector. Carencias en los colegios, en la administración, en sanidad…

El mundo evoluciona y los gobiernos deberían invertir en ese futuro, deberían permitir que cada familia tuviera acceso a un ordenador y a internet, se debería invertir más en sectores de investigación, en sanidad y en tecnología.

Pero por encima de todo esto, deberían pensar en el consumidor o ciudadano a la hora de invertir en tecnología o crear programas para digitalizar los servicios que antes eran presenciales.

La administración presume de que todo se puede hacer ahora desde casa y que no tienes que ir presencialmente allí, pero cualquier gestión se hace un suplicio. La clave sería crear programas para cualquier persona mayor de ochenta años, así tal vez, yo que tengo cuarenta y tres sabría cómo hacer todas las gestiones.

Todo esto viene porque esta mañana he perdido por lo menos dos horas en realizar una gestión y al final no he solucionado nada.

La semana que viene me voy de vacaciones, no voy a coger avión, voy a ir cerquita, pero ya que tengo las dos dosis de la vacuna del covid puestas, quería tener mi certificado covid.

Es como si te sacas un curso y no te dan titulación, pues yo, aunque no la necesitara, quería tenerla. Pero el detonante no ha sido otro, que el que mi marido me dijera durante el desayuno que él ya lo tenía, y si él ya lo tenía yo quería el mío, me da igual si me hacía falta o no, pero yo también lo quería.

Me ha indicado los pasos que él ha seguido, y me ha explicado que necesitaba una clave para poder acceder luego con esa clave a una app del móvil en la que te daba todos los datos de tu historial clínico.

Bueno, he comenzado a seguir los pasos, media hora después estaba aún siguiendo los pasos, ya que la aplicación del móvil me la había descargado e iniciado sesión con mis datos, sí, el caso es que con mis datos he podido descargar el certificado covid, pero yo quería más, quería lo mismo que mi marido, quería poder ver todo mi historial clínico, las medicinas que me había mandado el médico, y cualquier dato con respecto a la salud, así que he tenido que salirme, cerrar sesión y volver a intentarlo con la clave. Cuatro códigos después y hora y media más tarde, hemos comprobado que me salía a través del ordenador pero que no me salía a través del móvil.

Mis nervios ya estaban desquiciados, y antes de llamar al teléfono que se indicaba por si tenías algún problema, me he tomado una pastilla para la cabeza, que entre el calor y tanto código me estaba empezando a doler. Una vez relajada, cogí aire y llamé al teléfono. Una voz grabada me indica que el coste de la llamada será como una llamada normal, pero bueno, que se le va a hacer, lo que debería ser un servicio gratuito no lo es, pero todo por terminar de una vez con el puñetero código.

Me pregunta la voz grabada que con que tengo problemas, casi despotrico y me desahogo, pero no, me comporté y dije muy tranquila que no me funcionaba la app cuando quería acceder con mi clave. Espero unos segundos y me dice la voz que no ha entendido bien mi problema, y directamente me empieza a dar opciones. Escucho hasta la opción siete, y pulso el número uno, ahí fue cuando me convertí en Cruella, en vez de pasarme con un operador, me lo sigue explicando la voz grabada. A la tercera opción, con los ojos desorbitados y los pelos como las locas, desistí, colgué y la mandé al carajo.

Al final tendré que mirar mi historial por el ordenador mientras mi marido presume de tener todo en el móvil.

¿Digitalización? ¿para quién? ¿para un experto en informática? ¿Y para los torpes? ¿No pueden tener la deferencia de pasarte con alguien? Y luego no saben de dónde viene el estrés.

Por: María Beatriz Muñoz Ruiz