Llevo unos días melancólica, debe ser que los cuarenta y cuatro están asomando la cabeza por la puerta. Hoy estaba echando un vistazo a tik tok y el destino me ha mostrado un video donde salían canciones de hace 20 años, esas canciones que yo bailaba como una loca hace veinte años, algunas con una coreografía ridícula y otras muy comerciales, pero todas estupendas.

No, no me he puesto a llorar deprimida por lo lejos que han quedado aquellos años, me ha pillado de buenas, y me he puesto a reír de lo bien que me lo pasaba hace veinte años y de que al no haber soporte gráfico, mis hijos no podrán protestar cuando les impida ir a los pubs donde yo iba.

Sí, ya sé lo que estáis pensando, pero se siente, cuando sean padres sabrán lo que es y harán lo mismo que yo, bueno, antes borrarán todas las fotos que tengan en las redes, trabajo que yo me he ahorrado con ellos.

Es difícil ser madre, pero ahora lo tenemos más fácil que antes; los tenemos controlados a través de las redes, GPS del wasap, móvil y porque no es legal ponerles un microchip como a los perros, que, si no, mis hijos lo tendrían los primeros. ¿Exagerada? ¿Controladora? ¿paranoica? No lo sé, pero si mis hijos fueran a los mismos pubs que yo iba, me iba a la puerta a vigilarlos.

Hoy hemos ido mi marido y yo con mi hija a comprarle unas deportivas, y la tienda a la que hemos ido estaba en la misma calle en la que estaban situados todos los pubs a los que íbamos nosotros los domingos a bailar como locos.

Aún, si cierro los ojos, puedo oler el ambiente a tabaco y ver a la gente apretujada bailando abajo. Aquellos pubs habrían pasado por pubs de vampiros perfectamente, ya que tenías que bajar unas escaleras medio a oscuras y con luces que te dejaban ciega y mareada, para cuando empezaba a tomarme el ron con coca-cola ya había cogido el punto. Bueno, lo fundamental era que tu pareja supiera lo que querías tomar, porque si intentabas comunicarte con la música a todo volumen solo cabía la posibilidad de comerle la oreja o decírselo por señas, porque como intentaras decírselo moviendo la boca con la música intermitente solo pillaba o el ron o la cola.

Los pubs de los domingos eran distintos a los de los sábados; se abrían antes, ya que la gente el lunes tenían que estudiar o trabajar, así que nos metíamos a las seis de la tarde y salíamos a las once de la noche, muy buena hora, por cierto, que soy una chica buena… más que nada, porque si llego a tardar más mis padres llaman a la policía y a todo el ejército para que me busquen y me lleven de los pelos a casa, pero yo me portaba bien, así que nunca fue necesario. Cuando salías de noche se veía más en el exterior que dentro, tenías que parpadear varias veces para acostumbrarte a la luz de la luna.

Los sábados era distinto, se salía para la hora de cenar, empezabas con unas cervecitas y unas tapas y ya te ibas a bailar.

Ahora me imagino a mis hijos haciendo lo mismo que yo, y mi entrecejo se fruñe instantáneamente, soy una madre tóxica, nada comprensiva si se trata de que mis hijos salgan a ese mundo lleno de peligros y gente mala. Sí, es injusto, soy injusta, pero yo salí más mayor, y ahora parece que todo llega antes, que los niños crecen más rápido y las madres se enorgullecen de ello. Pues mis hijos cuanto más tarden en salir, mucho mejor, que mis uñas ya han sufrido demasiado, solo me falta comerme los dedos.

Pero bueno, ahora me quedaré con esa maravillosa imagen mía bailando toda extasiada con el ron en la mano y sin ver un carajo.

Aquellos maravillosos años en los que solo se tenía que estudiar y divertirse, que tonta, y yo me quejaba, deberíamos vivir la vida al revés, de ancianos a niños, así sabríamos valorar a nuestros seres queridos, comprenderíamos a nuestros padres y disfrutaríamos aún más de lo que disfrutamos.

Por si acaso, este año intentaré disfrutar a pesar de mis cuarenta y cuatro años, y pensaré que tengo que disfrutar antes de que lleguen los cuarenta y cinco y sea un año más mayor.

Por María Beatriz Muñoz Ruiz