Hoy han terminado oficialmente las vacaciones de verano, los niños empiezan el cole y ahora toca madrugar, lavar y planchar uniformes, ayudarlos con los deberes y echarlos de menos, sí, habéis escuchado bien, los voy a echar de menos, soy de esos especímenes raros que va a echar de menos a sus hijos.

Pero bueno, ya lo estoy asimilando, no nos podemos quedar estancados, la vida sigue y lo bueno siempre se acaba. Pero no es eso precisamente lo que me ha puesto de los nervios, para asumir que mi veranito ha terminado me he distraído viendo tik tok, lo que no me esperaba era ver un video de cómo hacer decoraciones para Navidad, sí, ¡Navidad! ¡pero si aún ni si quiera hemos pasado Halloween! Comprendo que los comercios necesiten ganar dinero a costa de aquellos apasionados de la Navidad, pero es que es como comprar los gorritos de cumpleaños tres meses antes de que el niño cumpla años.

Claro que, comprendo que cada cual realice su cuenta atrás dependiendo de cuál sea su época favorita del año. Yo, si tuviera que elegir me quedaría con el verano, pero porque las demás épocas me aburren, estresan, o las odio. Pero no penséis que me encierro en casa lamentando cada una de las estaciones y fiestas del año, si hay que pasarlas, mejor pasarlas bien.

Las únicas fiestas que maldigo, a pesar de celebrarlas, es la Navidad, algunos seguro que no lo entendéis, otros diréis que es una fiesta llena de amor, paz y generosidad, y otros pensareis que son la excusa perfecta para beber, bailar y disfrutar, pero lo que diferencia las demás fiestas del año con la Navidad, es que en Navidad se nos obliga a divertirnos y a celebrar se quiera o no, ciertas fiestas de determinada forma.

Os resumo las típicas navidades: Familia se reúne, todos se abrazan y sonríe, viene Santa Claus y trae regalos a los más pequeños, y si no hay pequeños, a veces hay regalos y otras no. Y pasamos al siguiente día obligatorio; fin de año, todos cenan y celebran un nuevo año esperando que sea mejor que el pasado, y por ultimo vienen los Reyes Magos de Oriente, traen los regalos, les dejan a los niños que jueguen un par de días y vuelta al cole, se acabaron las vacaciones y las fiestas, ahora toca echar cuentas y lamentar haber gastado tanto.

Pero pregunto yo… ¿Por qué debemos seguir el esquema asignado? ¿Por qué tenemos que divertirnos? ¿Y si no tengo ganas de esperar a Santa Claus? ¿Y si no tengo ganas de celebrar la mierda de año que he tenido? ¿Y si me apetece acostarme pronto porque no quiera bailar esa noche precisamente?

En España, por cada campanada, nos comemos una uva porque trae suerte, o eso dicen. A mí no me gustan las uvas, bueno, sí que me las como, pero con queso y una copita de vino. Lo último que me apetece es atragantarme con las uvas y terminar las doce campanadas con la boca llena como una ardilla glotona, con el inconveniente de que al dar la última campanada todos nos abrazamos y besamos, cosa que es complicada con la boca llena de uvas acumuladas. Por eso yo como gusanitos, me da igual lo que digan, si tengo que comer algo, que sean gusanitos. También dicen que tenemos que llevar ropa interior roja, yo prefiero no llevar ninguna, es más, suelo intentar disfrazarme de Harley Quinn; una loca cabreada con el mundo que le da igual todo y lo único que quiere es divertirse y vivir la vida sin importar lo que piensen de ella, adoro a esa chica.

El caso es que, cada vez que escucho los anuncios de Navidad me pongo de mal humor ¿Por qué todo el mundo tiene que sonreír en Navidad? La Navidad se ha convertido en una época para el consumo, y los que hacen buenas acciones las hacen solo en Navidad, los que se abrazan, solo lo hacen en Navidad, solo sonríen en Navidad y hacen como que disfrutan para subirlo a las redes. ¿Habéis entendido ya porque odio la Navidad? Pues hay otro poderoso motivo por la que la odio: las ausencias. Esas sillas vacías que nadie podrá llenar, ese abrazo que falta en año nuevo, ese regalo que nunca más darás y esa sonrisa que no volverás a ver.

Así que sí, odio la Navidad, y en mi interior sigo siendo fiel a mi odio, a pesar de celebrarla.

Por María Beatriz Muños Ruiz