Cuando la gente habla de depresión, siempre hay alguien que sus problemas son mayores a los tuyos, siempre hay alguien que no te entiende, alguien que cree que es mentira porque te ve sonreír y divertirte a través de las fotos que cuelgas en las redes sociales. Pero lo que nadie ve es a esa persona que se esconde tras las cámaras, y que cuando es invisible para los demás, siente que el mundo se derrumba bajo sus pies. Esa persona que siempre tiene una sonrisa, una palabra amable, una aparente positividad, una filosofía de la vida envidiable, pero lo que desconocen es que esa filosofía es una tabla de madera en medio del mar a la que te agarras con uñas y dientes para no hundirte.

La depresión es una nube de problemas que te envuelve y te acompaña siempre, te acostumbras a vivir con esa amenaza, te acostumbras a pensar que lo que hay es lo que hay, que ese polvo gris va a seguir siempre rodeándote, porque la depresión no se va, se vuelve menos espesa en algunas épocas de tu vida, en otras, usas gafas especiales que tú misma te pones para poder ver mejor a través de su espesor, pero cuando necesitas descansar porque el luchar agota, en ese instante, aprovecha tu debilidad para volver a cubrirte con su espesa capa de negrura. Entonces es cuando tus lágrimas son derramadas sin ningún sentido y por muchos sentidos, un todo que analizado desde fuera no es nada, pero que para la persona que sufre depresión es un mucho.

Nunca nos ponemos en la piel de los demás, pero es que no tenemos por qué hacerlo, ellos tienen sus problemas y nosotros los nuestros, es como si discutiéramos por ver que niebla es más espesa.

Tal vez, ni si quiera sepamos qué nos sucede, tal vez seamos personas que necesitamos bajar a las profundidades para aprender lo valioso que es el aire, tal vez siempre estemos viviendo bajo un cielo lluvioso y hayamos aprendido a apreciar la lluvia hasta que nos cala los huesos y enfermamos.

En ese momento es cuando solo se salvan los que poseen algo tan valioso en la tierra como para seguir luchando, en mi caso son mis hijos, dos almas puras, tan llenas de vida que lo único que piensas es en darles todo lo que les haga falta para convertirse en unos adultos igual de felices que lo son ahora de niños.

Para esas personas que están cansadas de luchar contra ese monstruo invisible, para los que han pensado alguna vez en terminar con todo ese dolor que encoge el pecho y no te deja respirar, para los que se despiden cada día de este mundo porque no hay nada que se les ofrezca en él, a ellos les digo que busquen una razón tan poderosa como yo, para seguir luchando, que cojan su espada y hieran al monstruo, porque aunque ese monstruo nunca muera definitivamente, una vez herido, será más fácil de llevar día a día.

Pero… ¿sabéis lo peor de esta enfermedad? Que nadie la ve, porque es una enfermedad mal vista por la sociedad, por la familia y amigos, es una enfermedad de la que huye la gente, porque la gente no quiere estar con alguien triste, la tristeza se pega y es peor que un resfriado. Quien entiende eso, sonríe, esconde su tristeza y seca sus lágrimas rápidamente para que no sean vistas. Quien entiende esto, se maquilla y se peina para que no se note, escucha música por la calle para aislarse del silencio del mundo que solo le aporta ruido.

La persona que sufre esta enfermedad, muchas veces necesita de la soledad, del silencio, del aislamiento, necesita que no la observen para no ser juzgada, necesita pasar por este mundo de puntillas.

A los que se creen psicólogos, sabemos que muchas veces el mundo es hermoso, el problema es, que nosotros nos vemos feos para un mundo tan hermoso.

Sobre la autora de este artículo:
María Beatriz Muñoz Ruiz
, escritora y poetisa española.
Directora y responsable de maquetación y diseño de la revista cultural One stop.
Cuenta con 14 novelas publicadas, todas a la venta en Amazon.
Colaboradora de varias revistas internacionales.