Cada 29 de junio recordamos a estos dos grandes apóstoles de aquella iglesia judeo-cristiana que, detrás de las huellas de Cristo, se inició hace 20 siglos. De hecho, según una tradición que origina desde el siglo I d.C., la fecha indicaría el aniversario de sus muertes o del traslado de sus reliquias en Roma.

Simón Pedro, natural de Betsáida, aldea del Lago de Genezaret, residía en Cafarnaúm en casa de su suegra. Dejó atrás su familia y sus humildes labores de pescador para convertirse en el discípulo destacado de Jesús de Nazaret. “Simón, hijo de Jonás,” le dice un día Jesús “de ahora en adelante te llamarás Pedro”, Cefa en arameo o Petros en griego, que significa “roca”. Así es como el Maestro galileo prácticamente lo elige como cabeza de su colegio apostólico.

Pablo, aún siendo Shaúl, nace en Tarsus, Cilicia (actual Turquía), hacia el año 10 d.C. Es un ardiente fariseo y perseguidor de la secta judía que sigue al Maestro de Galilea: cuando Esteban es apedreado a muerte las ropas de la víctima son amontonadas a los pies del jóven Saulo. Él “asolaba la iglesia, y entrando casa por casa, arrastraba a hombres y mujeres y los entregaba a la cárcel” (Hechos 8,3). Un día Saúlo sale de Jerusalén llevando consigo cartas para las sinagogas de Damasco, su intención es traer encadenados a los seguidores judíos de Cristo. Cerca de Damasco una luz le destella al punto de derribarle de su caballo. Pierde la visión mientras la voz del Señor le pregunta “¿Sáulo, Sáulo, por qué me persigues?”. Luego continuará hacia Damasco donde será cuidado por algunos discípulos de Cristo y, ya con el nuevo nombre de Pablo, su vida será totalmente transformada a tal punto que de vuelta en Jerusalén los seguidores de Cristo desconfiaran de sus nuevas intenciones.

pedro y pablo
Crucifixión de San Pedro, Caravaggio (1600) | Decapitación de San Pablo, Simonet (1887)

Pedro tiene poca instrucción, a malas penas sabe hablar en público; sin embargo, por gracia del Espíritu Santo, logra dialogar con los elocuentes y eruditos miembros del Sanedrín. Por donde pasa realiza increíbles milagros y convierte a miles de personas en Judéa y Samaria.

Pablo desciende de la tribu de Benjamín y se forma en la yeshiva (escuela rabínica) de Gamaliel, uno de los rabinos más importantes de esa época. Es devoto de la ley mosaica y de la ortodoxia judaica; conoce varios idiomas, sabe escribir y disertar en público.

Ambos son de armas tomar, tienen un carácter fuerte pero en cierto modo frágil.

En la última Cena pascual, Pedro no acepta que Jesús le lave los pies pero luego dice “Señor, no solo mis pies, sino también las manos y la cabeza” (Juan 13, 8-9);  saca una espada para defender al Maestro cuando lo apresan en el jardín de Getsemaní (Juan 18, 10); reitera que nunca traicionará al Mesías pero en el patio de Caifas, tal como Jesús se lo había profetizado, antes que el gallo cante por segunda vez Pedro se hunde en su cobardía y le niega tres veces (Lucas 22, 33-62).

Pablo también tiene un temperamento aguerrido, pertinaz. En Atenas discute en las sinagogas y en el ágora (plaza) se confronta con filósofos epicúreos y estoicos que le preguntan “¿Podemos saber cual es esa nueva doctrina que tu expones?”. De pié en medio del Aerópago, Pablo suelta un discurso magistral. “Atenienses,” dice “veo que vosotros sois, por todos los conceptos, los más respetuosos de la divinidad.” De hecho, en las alturas del Aerópago los griegos tenían colocados todos sus monumentos sagrados dedicados a los varios dioses y Pablo nota que también tienen un monumento con la siguiente inscripción “Al Dios desconocido”. Entonces les explica que “lo que adoráis sin conocer, eso os vengo a anunciar.” Y así Pablo les habla del Dios Creador, su Hijo, la conversión, la resurrección, etc. Al oir lo de la resurrección de los muertos, algunos de los presentes se burlan del apóstol mientras otros simplemente le dicen “sobre esto ya te oiremos otra vez” (Hechos 17, 22-32). Luego, Pablo pasa a Corinto donde le surgen dudas pero el Señor se le aparece en visión de noche y le dice “No tengas miedo, sigue hablando y no calles; porque yo estoy contigo, y nadie te pondrá la mano encima para hacerte mal.” (Hechos 18, 9-10)

Todos estos episodios reflejan la gradual transformación de Simón Pedro y de Saúl/Pablo. Poco a poco ambos se dejan reformar por el Espíritu Santo y van dejando atrás su débil e impulsiva humanidad para dedicarse con total pasión a lo que Dios tiene proyectado para cada uno.

Pablo nos dejará 13 cartas o epístolas escritas a los varios fieles de Jerusalén, Asia Menor, Grecia y Roma. Son el reflejo de sus incansables viajes por Judéa, Siria, Antioquía y Grecia donde fomenta y difunde el Evangelio de Cristo. No vive gratuitamente, se gana la vida haciendo carpas. Extraordinariamente, su ímpetu persecutorio y cargado de odio ha girado de 180º. En la Primera Carta a los Corintios nos deja plasmado lo que puede ser considerada la esencia del cristiano: “Aunque yo hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como una campana que resuena o un platillo que retiñe. Aunque tuviera el don de la profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, aunque tuviera toda la fe, una fe capaz de trasladar montañas, si no tengo amor, no soy nada.” Más claro imposible.

Pedro y Pablo tendrán fuertes discusiones acerca del proceder correcto en temas como el ritual de la circuncisión, tipo de comida y otras prácticas del judaísmo más ortodoxo. Los apóstoles y los ancianos se reunirán en varios concilios para resolver estas disputas hasta cuando la posición menos legalista de Pablo será reconocida como apropiada (Gálatas 2; Hechos 11).

Así es que cada uno, aceptando con abnegación y humildad su tan especial misión, se va “cristianizando” hasta la conclusión de su propia vida. Notar que el término “cristiano” aparece por primera vez en Antioquía donde a los discípulos de Jesús les llaman con ese nuevo término (Hechos 11, 26); hasta entonces eran simplemente judíos que seguían a Jesús y en todo caso ellos nunca se definieron así. Curiosamente, hoy en día en el mundo judío va tomando fuerza la corriente “judío mesiánica” que son aquellos fieles que aceptan a Jesús como el verdadero Mesías aunque no por esto precisan convertirse al cristianismo.

En la Roma del emperador Nerón, Pedro y Pablo son apresados y, luego, caen martirizados. Pedro muere en el 67 d.C crucificado cabeza abajo, por su propia petición, por reconocerse indigno de ser crucificado cabeza arriba como su amado Maestro. La portentosa Basílica de San Pedro en el Vaticano, meta de millones de peregrinos que cada año llegan de todo el mundo, es la tumba de este humilde y analfabeta pescador de Galilea. Pablo, por ser ciudadano romano no puede ser crucificado – muerte reservada a los esclavos – y muere decapitado entre el 58 y el 67 d.C.; su tumba se encuentra en la Basílica de San Pablo Extramuros.

Por: Nereyda Guerrero De Manderioli
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