La campaña presidencial se definió en la consulta del 11 de marzo y desde ese momento se concentró en las antípodas ideológicas y conceptuales: en Duque y en Petro. En la mitad surgió un centro que se dividirá en cuatro: entre Duque, Petro, el voto en blanco y la abstención.

Y esta vez, en la segunda vuelta, tal como sucedió en la primera y como escribí en mi artículo anterior de Razón Pública, ni las maquinarias ni el centro definirán la elección; el centro se repartirá y, por lo mismo, no inclinará la balanza para definir al ganador.

Para votar por Duque hay muy buenas razones:

  • Duque ofrece estabilidad política.

Ello es de vital importancia por cuanto la inestabilidad política produce inseguridad en los derechos de propiedad, así como un debilitamiento del Estado, baja gobernabilidad, freno a la inversión y desaceleración económica.

Por esta vía no se crearían incentivos para el desarrollo –esos que propone Duque–, no se procuraría la igualdad de oportunidades y no se fomentarían el comercio, las habilidades ni las nuevas tecnologías por medio de instituciones inclusivas, como las que tratan James A. Robinson y Daron Acemoglu en su libro Por qué fracasan los países.

Con Duque se crearían incentivos para que la gente ahorre, invierta e innove; se privilegiarían la iniciativa privada y la libertad de empresa. También se salvaguardan las libertades como valor intrínseco de una democracia.

  • Duque impulsa la economía de mercado no como un fin, sino como un instrumento para el bien común.

Esto se debe, entre otras cosas, a que el libre mercado pasó a ser, tal como lo afirma el economista Jean Tirole, el modelo dominante de organización de nuestras sociedades luego del rotundo fracaso de las economías planificadas y de la caída del muro de Berlín, aunque algunos insistan hoy en fiascos como el socialismo del siglo XXI venezolano.

Economía de mercado, eso sí, con regulación estatal, porque Duque no ofrece una política “estatizadora”, con un Estado agigantado que recuerda a Ronald Reagan cuando decía que “las siete palabras más terroríficas son: “soy del gobierno y vengo a ayudar””.

Ni las maquinarias ni el centro definirán la elección

Y en la memoria colombiana están frescos los recuerdos de la intervención del Gobierno en Cafesalud o Saludcoop, las basuras de Petro en Bogotá o el desmantelamiento del aparato productivo en la vecina Venezuela con las expropiaciones de Chávez. Duque no es populista ni caudillo como el otro candidato.

  • Duque respeta la institucionalidad, la propiedad privada y la iniciativa individual.

Esto porque, entre otras cosas, la economía de un país se destruye cuando se desmorona uno de sus bienes más preciados: la seguridad jurídica. Y minar la seguridad jurídica de la propiedad privada es acabar con la economía nacional.

Muy al contrario, el candidato del Centro Democrático fortalecerá el aparato institucional y  ayudará a su credibilidad. Y, aunque suene a consigna, Duque da confianza.

También proporcionará certidumbre, no incertidumbre, sobresaltos, tensiones o cambios de modelo económico. Pero sí promete una Colombia pujante y moderna, con más equidad y menos desigualdad; educada, tecnológica, no polarizada y combatiendo la corrupción.

Con Duque crecerá la torta del desarrollo y será mejor repartida.

Un hombre ecuánime

El talante de Iván Duque es de hombre siempre abierto al diálogo, y por lo mismo buscará acuerdos nacionales (en la justicia, en la reforma rural, etc.), pero sin el signo de la confrontación y bajo el principio de que “en la vida son más las cosas que nos unen que las que nos separan”.

Mucho de ello se debe a que pertenece a esa nueva generación (Emmanuel Macron en Francia, Justin Trudeau en Canadá, Jacinda Ardern en Nueva Zelanda, Barack Obama en Estados Unidos, Mark Rutte en Holanda…) que por definición se proyecta en el futuro y no se ancla en el pasado, que no es prisionera del ayer ni de la ideología, sino que le apuesta a los resultados, al progreso y al pragmatismo.

En este sentido Duque también es un punto de inflexión, de quiebre generacional entre lo que fue y lo que viene. Está casado con el futuro, no tiene espejo retrovisor –lo ha dicho– y se esforzará por ser recordado como el presidente que introdujo a Colombia en el mundo de las nuevas tecnologías, de la legalidad, en el emprendimiento y en la creatividad. Es, además, una figura fresca en la política y es renovación.

Es un gran ser humano con un excelente programa de gobierno. No agrede (no es su condición ni su carácter), se enfoca en los problemas y así construye consensos y no divide; empodera a las personas, es exigente y se preocupa porque tengan éxito.

Así conducirá al país.

Por eso insiste en los pactos nacionales, en construir desde las diferencias y en el ajuste al Acuerdo con las FARC, porque, así como el Acuerdo causó el mayor desacuerdo nacional, la despolarización pasa por ajustarlo. Y así, de esta forma,  cerrará por siempre (para no reabrirlo después) el Acuerdo y otorgará estabilidad a los jefes de las FARC garantizándoles que no habrá sobresaltos judiciales en su futuro.

Esa vocación de unir y no dividir es tan suya que no hay antiduquismo, como sí existe antipetrismo.

Colombia lo necesita

Duque no tiene mácula y será, como diría Tony Blair, duro con la corrupción y duro con las causas de la corrupción.

Y el país necesita a Duque porque las cosas no van bien.

Duque, tal como afirman las encuestas –y por esta vía se ve reflejado el sentimiento nacional–, ofrece un mejor camino para el país. Por sus capacidades y preparación –como también lo indican las encuestas– enfrentaría mejor los problemas que más importan a los colombianos, como son los de inseguridad, salud, desempleo, corrupción y educación.

No pondría en riesgo a Colombia y manejaría mejor –dadas su experiencia y convicciones– las relaciones internacionales, particularmente con los gobiernos de Estados Unidos, Europa y Latinoamérica.

Con Duque crecerá la torta del desarrollo y será mejor repartida.

Además, tiene un excelente programa rural “Campo con Progreso y Futuro Para Todos” porque su enfoque aborda:

  1. La seguridad rural y ambiental;
  2. Unas instituciones transparentes, modernas y tecnificadas para promover la productividad y el acceso a los mercados; expediría el Estatuto Rural para ofrecer seguridad jurídica, establecer reglas claras, armonizar y compilar la legislación  dispersa y proteger la propiedad privada;
  3. El impulso a la inversión, el comercio y el crédito: introducirá el uso de big data y datos abiertos, como también promoverá los fondos de capital de riesgo y el mercado de capitales para el campo; destinará el 50 por ciento del presupuesto para bienes públicos y definirá un régimen tributario especial para el agro;
  4. El establecimiento de Áreas de Transformación Productivas (ATP) como instrumentos para desarrollar lo rural, y
  5. La inclusión y equidad; en este acápite se creará el programa para la disminución de la pobreza rural y la formalización empresarial, así como un programa titánico de formalización de la propiedad rural, entre otros puntos.

Pero Duque es el que es porque en Colombia:

  1. Las tarifas tributarias son altas y el recaudo bajo en relación con el PIB por la alta evasión y la asimetría en las exenciones tributarias;
  2. La administración de justicia no es confiable, es lenta, está atosigada con 900 mil procesos judiciales en la Fiscalía y 93 mil audiencias represadas y, por si fuera poco, ha sido la protagonista de muchos escándalos;
  3. En salud existen muchas barreras de acceso y negación de servicios por falta de especialistas, de infraestructura y tecnología;
  4. En cuanto al comercio internacional, en 2017 las exportaciones representaron 12,4 por ciento del PIB nacional, mientras en 2016 en otros países de la región fue superior –Chile (28,5 por ciento), México (38,2 por ciento) y Perú (22,4 por ciento)-. Además, en las exportaciones per cápita Colombia está en el puesto 16 entre 20 países de la región.

Y así sucesivamente, para no hablar del mar de coca en que nada Colombia, de los pedazos del territorio controlados por las disidencias de las FARC, Bacrim y demás pelambres, o de la corrupción que invade todos los niveles de todas las instituciones.

Duque es coherente, sus movimientos no son erráticos, es consistente con lo que afirma porque a estas alturas de la campaña, como diría Frank Luntz: “no es lo que tú dices, es lo que ellos oyen”.

Y el país ya oyó a uno y a otro, escuchó el cambio desesperado de parecer y de posición del otro y se quedará con el mejor camino: con Duque.

Por: Enrique Herrera Araújo
Razón Publica