Qué bonito es ser madre, ¿nunca os he contado mi parto? Pues siento arruinaros el glamour que habéis visto en esos hermosos documentales en los que las madres optan por no ponerse la epidural, o esos bonitos momentos en los que tiene a su hijo por el método ese donde se sumerge ella en agua. Todo parece tan natural y bonito…

Pues veréis, mis mellizos nacieron prematuros, pero no os penséis que nacieron pequeños, eran los más grandes de la incubadora, claro que, los veintidós kilos que cogí no fue de comer lechuga.

Lo mejor del embarazo fue comer durante todo el día lo que me daba la gana sin sentirme culpable, es más, me sentía orgullosa de mí misma por estar cuidando de mis bebés. Pero ya os podréis imaginar como estaba, sí, no podía comer en la mesa, comía sobre mi barriga, y no sé si parecía una morsa mutante o un pez globo, menos mal, que cuando estás embarazada te ves preciosísima, ya que el objetivo de toda embarazada es ser la embarazada más gorda.

Bueno, resulta que mi niña tenía ganas de marcha, y a los siete meses y medio comencé con contracciones. No, si estáis pensando que me fui al hospital os equivocáis, guardé silencio durante un día entero porque tenía que echarme el tinte, no pensaba ir al hospital de cualquier manera, antes muerta que sencilla.

Ya por la noche mi preocupación no era el ponerme de parto, sino las horas que iba a pasar sin comer nada si me ponía de parto, por lo que, a eso de las doce de la noche, estaba yo sentada en el sofá con una caja de pasteles en la barriga acabando con todos los suministros.

A las una de la madrugada dejé a mi marido en el salón jugando a la consola, no sin antes avisarle que no tardara en acostarse que llevaba todo el día con punzadas.

A las cinco de la madrugada se acostó, claro que, no esperaba que me pusiera de parto a las nueve y media de la mañana, se ve que como me vio devorar, no se creyó mucho que tenía contracciones.

Pero no os imaginéis su sofoco al ver que tenía contracciones, no, eso solo ocurre en las películas, muy tranquilo, se quitó el reloj y me lo dio para que controlara el tiempo de las contracciones.

Cinco minutos, tres minutos… solté el reloj, me levanté si poder soportar el dolor, y ahí estaba mi niña rompiendo la bolsa con una patada de karate, entonces sí que se lo creyó, mi marido saltó de la cama y se puso histérico, y va y me dice que no me da tiempo a pintarme ni a ducharme, me enfurruñé, pero le hice caso y ahí que nos fuimos al hospital con una toalla entre las piernas y unos dolores horribles. Pero un consejo, si queréis que os atiendan dad gritos, delante de mí entraron tres con menos dilatación que yo por exageradas, bueno, hasta que mi padre estuvo a punto de ponerle una reclamación a la del control. Entonces comenzó el espectáculo, estaba dilatada casi de cinco centímetros y me subieron a la sala de dilatación directamente. Si no llegan a ponerme la epidural hubiera mordido a alguien, porque al ser mellizos, me cablearon por arriba y por abajo para controlar los latidos de los dos bebés, parecía Robocop, eso sin contar que todo el que pasaba tocaba la cabeza al bebé que estaba en puertas de salir y se lo enseñaban a mi marido. Bueno, después de perder toda mi dignidad y glamour, por fin llega la hora, me llevan a quirófano y aún no sé si había una cámara oculta cuando me dijeron que debía subirme yo a la camilla. Sí, yo me quedé con esa misma cara, con media parte de mi cuerpo dormida y una barriga que parecía un tonel, tuve que reptar.

Se ve que se estarían riendo de mí fuera, porque cuando nació mi niña me pilló con una enfermera, entraron todos de repente para asistir el parto del siguiente, que por supuesto ni si quiera había roto la bolsa y tuvieron que casi sentarse en lo alto de mi barriga para que saliera mi niño, que se hallaba todo tranquilo. A mi marido no lo dejaron entrar, dijeron que lo viera por el National Geographic así que tuve que confiar en que la enfermera me hiciera un trabajo fino al coserme.

¿Glamuroso el parto? No, pero… ¿volvería a repetirlo? Por supuesto.

Por: María Beatriz Muñoz Ruiz