Meses esperando ver la nueva temporada de Sexo en Nueva York, fantaseando con ese glamour que desprendían las cuatro amigas paseando por Manhattan y tomándose su acostumbrado Cosmopolitan. Por fin estaba delante de mi serie preferida, con una copa en la mano y dispuesta a sentirme como esas mujeres maravillosas y estupendas llenas de glamour.

Pues no, en vez de eso, me doy el batacazo de realidad más deprimente que una fan de esa serie se podría haber dado jamás.

Comencé a ver el primer capítulo con demasiadas expectativas, y lo cierto es, que, aunque ya sabía que Samantha no iba a estar con ellas me dio un poco de pena no ver juntas a las cuatro amigas, pero pensé “No pasa nada, seguro que siguen tan glamurosas como siempre” … pues no, y ese “no” se estaba haciendo demasiado habitual conforme avanzaba en el capítulo.

Me comencé a aburrir tremendamente, seguí viendo capítulo a capítulo sin tirar la toalla, o más bien, esperando a que alguna de ellas la tirara, no podía creer lo que habían hecho con la serie.

Al quinto capítulo ya no podía más, la vida de aquellas chicas era más deprimente que la mía, quizás eso es lo que deseaban transmitir, quizás pensaron que si las mujeres mayores se identificaban con sus problemas y su vida deprimente la serie sería un éxito. No sé qué mente iluminada habrá pensado eso, pero seguro que no analizó el por qué esa serie tuvo tanto éxito en todo el mundo ¿de verdad pensaban que cuando eran jóvenes y guapas nos identificábamos con ellas y por eso tenían éxito? ¡Venga ya! Ninguna de sus fans habría tenido el valor de pasearse por la quinta avenida con un tutú rosa, unos tacones carísimos y un sombrero de boda. ¡Pero a Carry le quedaba genial! Y eso era lo que sus fans queríamos ver, con eso era con lo que soñábamos todas, con una vida atrevida llena de aventuras deshinibidas, agitadas por los problemas con los que probablemente jamás nos encontraríamos.

Desde que vi el primer capítulo de Sexo en Nueva York, hace ya muchos años, siempre he deseado escribir para periódicos, tener una columna con éxito en un periódico de Nueva York y ver mi cara en un autobús, bueno, eso y poder comprarme unos Manolo Blanick. ¡Todas queríamos ser ellas! ¡Todas queríamos irnos de fiesta con nuestras amigas e imaginarnos que éramos ellas!

Pero lo que he visto en esta nueva temporada ha sido esperpéntico, situaciones absurdas, vidas deprimentes, complejos, y conversaciones de personas demasiado mayores.

Vamos a ver, en primer lugar; con cincuenta y cinco años no se es tan vieja como para llevar una vida tan deprimente, bueno, quizás en nuestra vida real sí, pero si veo una serie no es para que me cuenten que aquellas mujeres en las que tanto deseaba convertirme, tienen problemas tan graves como taparse las canas y disimular sus años porque son demasiado mayores, no quiero ver situaciones con las que, aparte de no identificarme, son aburridas y deprimentes.

No, señores, desde ya os puedo decir que habéis metido la pata hasta el fondo, y digo señores porque estoy segura de que ha sido un hombre el que ha producido esta nueva temporada, dato que no pienso ni tomarme la molestia en comprobar.

En esta nueva temporada, la única fiesta que parece más animada es un concierto de piano de una de sus hijas, porque lo único que pudiera asemejarse a sus noches de fiestas es un monólogo interminable que pasé entero, ya que para escuchar monólogos ya me pongo El club de la comedia.

Si tuviera que valorar la serie le daría un uno por algún modelito que saca Carry en las situaciones más deprimentes de la serie, hecho que no llego a entender, como tampoco entiendo que tenga sus famosos zapatos guardados para ocasiones especiales, ¿nos hemos vuelto locos? ¡Ellas es Carry Bratshow! Que yo me ponga deportivas lo entiendo, ¿pero que ella no use sus famosos tacones? Incomprensible.

Pisos lujosos, vidas estables, problemas de audición, una muerte rondando, canas, complejos, trabajos que penden de un hilo, meteduras de pata e hijos con más sexo que sus padres. En fin, parece que el guion lo haya escrito un tipo aburrido que no entiende a las mujeres, con falta de sexo, con complejos que piensa que tenemos y con la idea de que nuestra vida termina a los cincuenta y cinco.

Estado: decepcionada.

Por María Beatriz Muñoz Ruiz