–Buenos días, le llamo de telefonía Top One y queremos que se beneficie de nuestra oferta. Dígame, ¿con que compañía está en estos momentos? –preguntó la teleoperadora.

–Hola, ¿puedes venir a mi casa? Mi mamá y mi papá no me hacen caso–contestó un niño de unos cuatro años, al otro lado de la línea.

–Hola, precioso, ¿puedes llamar a tu mamá o a tu papá para que cojan el teléfono?

–Es que no me responden, los llamo y no me contestan–dijo el niño frustrado.

–A ver, pequeño, ¿Dónde están tus padres? – preguntó la teleoperadora pensando ya en colgar el teléfono y pasar a la llamada siguiente.

–Mis papás están en el suelo.

–¿Y que hacen en el suelo? – preguntó ella ansiosa.

–No lo sé, mi papá empezó a gritar, y mi mamá me dijo que jugáramos al escondite. Yo me escondí debajo de una mesa, pero cuando escuché un ruido muy fuerte me asomé, y entonces vi que mi papá tenía una pistola como la de los vaqueros, yo también quería jugar con ellos, pero mi papá se fue a comer la pistola y sonó otro ruido muy fuerte. –Contó el niño.

–¡Oh, Dios mío! ¡Oh, Dios mío! – exclamó la teleoperadora horrorizada por lo que acababa de entender. Intentando que el niño no colgase, llamó inmediatamente por otro teléfono a la policía.

–Pequeño, ¿Cómo te llamas?

–Me llamo Daniel.

–Vale, Daniel, yo me llamo Mónica, he llamado a unos señores para que vayan a tu casa a ayudarte, cuéntame si tus padres se mueven, pero no te acerques a papá ¿vale? –Preguntó ella intentando recabar información.

–No se mueven, ya me he acercado antes y había mucha sangre en el suelo. Tengo miedo, mamá no me contesta, le grito y no me contesta. –El niño se puso a llorar desconsolado.

La teleoperadora no pudo contener las lágrimas y silenciosas, resbalaban por su rostro mientras intentaba tranquilizar a Daniel.

Momentos después, la policía forzó la puerta de la casa de Daniel y entraron.

Daniel estaba lleno de sangre, se encontraba sentado en el suelo abrazado a sus piernas y agarrado con fuerza al teléfono. Los policías intentaron sacarlo de casa, pero él no quería dejar de hablar con Mónica.

–Daniel, esos señores son buenos y te van a llevar a un sitio seguro, tienes que hacer lo que te digan ¿vale? Si quieres, cuando te lleven a un sitio seguro, yo voy a verte, ¿trato hecho?

Daniel asintió, y poco a poco soltó el teléfono y dejó que los policías lo sacaran de aquella escena terrorífica.

Cuando en televisión escuchamos la noticia de que un hombre ha matado a su mujer y luego se ha pegado un tiro, no vemos el verdadero escenario del crimen, no vemos la sangre inundando el suelo, no vemos a las víctimas visuales, claro que, en muchos casos también terminan muertas.

Cuando se hace un cómputo a final de año del número de muertes de mujeres, son simplemente eso; números, dejan de ser rostros, vidas, personas que amaron, trabajaron, soñaron…

Este relato ha sido ficticio, pero muchas veces, la realidad supera la ficción. Si no he especificado más ha sido para no traspasar la línea de lo macabro, pero la escena es fácil de imaginar, por lo que sobran las palabras escritas, porque son simplemente eso, palabras escritas que quedarán plasmadas como las estadísticas de muertes que son olvidadas por un sistema de postureo en el que no se buscan soluciones reales, solo se guardan inútiles minutos de silencio que serán la antesala del olvido.

La mujer no necesita ser protegida por el hombre, necesita sentirse segura junto a cualquier hombre. No necesita minutos de silencio, necesita que se piense en una solución coherente y efectiva y se dejen de tanto postureo, la mujer necesita que le regalen flores en vida no que se las pongan en su tumba.

Por María Beatriz Muñoz Ruiz