¿Vacaciones? ¿En serio?

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Mi estación preferida del año es el verano, me encanta el sol, la playa, la piscina, y, sobre todo, que la alergia me haya abandonado por unos meses.

Los niños ya no tienen que estudiar, y, por lo tanto, yo tampoco, que he terminado sabiendo yo más historia que ellos, si me hubiera examinado saco un diez en el tema de la edad media.

Lo malo del verano es el estrés, sí el estrés, supuestamente debemos descansar, disfrutar de las merecidas vacaciones, pero luego nos metemos en una playa abarrotada de gente en la que tienes que ir saltando cabezas hasta llegar a la orilla. Con suerte, te toca al lado la pareja mayor y simpática que viven allí todo el año, pero como nosotros no solemos tener mucha suerte, nos suele tocar la familia con dos niños de tres y cinco años que se pelean por todo, lloran por todo y se lanzan tierra como si estuvieran haciendo una pelea de almohadas.

Pero no pasa nada, tú respiras profundamente y te pones los auriculares con música celta relajante y miras al mar, bueno, miras a las veinte sombrillas que te tapan el mar, así que intentas mirar más allá y oler esa brisa que solo desprende el agua salada.

Y cuando te has tumbado en la toalla para tomar el sol, resulta que se te ha olvidado rebozar en protector a tus hijos de trece años, que, a pesar de ser ya autónomos, no se llegan a la espalda.

Bueno, no pasa nada, dejas en la toalla tu móvil con los auriculares, los miras impaciente por volver a relajarte, tapas hasta el último rincón de la piel de tus hijos con protección cincuenta y pasas a llenar de protección también la espalda de tu marido que te mira con ojitos de pena, entonces dices, venga, que ya queda poco para relajarme.

Se van a bañarse por fin, te tumbas en la toalla, te colocas de nuevo la música y sonríes feliz.

Dos minutos tarda esa felicidad en esfumarse, llega tu hija súper cabreada porque dice que el hermano la ha salpicado y la ha llenado de tierra.

Puf, – pues báñate y así te quitas la tierra– le digo yo volviendo a colocarme los auriculares, pero ella sigue hablando, y sus protestas se mezclan con mi música celta, mi corazón comienza a acelerarse. Desisto, ya no puedo más, le digo que me voy a bañar, que se venga conmigo.

A cada paso intento relajarme, pero cuando llego a la orilla sigo tan cabreada que me meto en el agua del tirón, entonces comienzo a calmarme, miro a lo lejos y la visión de un mar que no tiene fin, hace que me dé cuenta de lo hermoso que es el universo y de que en ese instante yo formo parte de él.

Pero de repente siento algo rozar mi pierna y me tenso, he de aclarar que a mí me encanta el agua, pero sobre todo el agua controlada, sí, esa agua de piscina donde no es habitual encontrar sorpresas, donde puedes bucear tranquila sabiendo que no va a picarte nada, bueno, sí, como mucho una avispa atontada que esté en el agua por accidente. Así que el hecho de notar algo en mi pierna hace que no sepa si correr o quedarme quieta hasta que se vaya lo que sea que hubiera allí.

Me muevo lentamente para salir, pero lo que sea me está persiguiendo y sigue rozándome, entro en pánico, eso sí, sin que se me note, me aparto, me vuelvo a aparta, y cuando ya estaba cerca de la orilla, veo que al levantar la pierna se me queda pegado a ella, lo miro, y no sé si reír o llorar, eran los lazos que adornaban mi balador, dos tiras que se movían al compás de las olas.

En fin, mientras yo huía de mi bichito imaginario, el sol era quien me perseguía, no me había echado protección y a la media hora parecía una bombilla, me eché toda la crema hidratante que pude, pero ahora parecía una bombilla pringosa, así que, como una bombilla pringosa, me fui con la familia a almorzar un rico espeto de sardinas y todo lo que pillara.

Veinte minutos esperando a que nos dieran mesa y dos cervezas después, pude almorzar.

¿Vacaciones? ¿quién quiere vacaciones? Sí, yo quiero vacaciones, no por nada, sino para colgar las fotos en las redes, que es en realidad para lo que se va todo el mundo.

Por: María Beatriz Muñoz