Hace un siglo, el 17 de julio de 1918, un pelotón de bolcheviques eliminaba al zar Nicolás II, su esposa Alejandra y sus cinco hijos que caían fusilados en Ekaterimburgo, en los Urales. Se consumía el trágico final de la dinastía de los Románov.

Nicholas II era descendiente de una de las más exitosas dinastías de los tiempos modernos puesto que reinó durante 300 años – desde 1613 hasta 1917 – creando, además, un vasto imperio que llegó a ocupar un sexto de la superficie terrestre.

Fue una dinastía que tuvo 20 monarcas y regentes y que inicia en 1613 con Miguel I aunque quizás los más conocidos son Pedro I el Grande, Catalina II la Grande, Alejandro I y Nicolás II.

Pedro I el Grande (1672-1725) fue el primer Emperador de los Románov. Políglota y viajero, era sin duda una mente brillante. Rusia entonces estaba sumida en la Edad Media y en el feudalismo y el zar ansiaba por modernizar a su país. Fundó varias ciudades entre ellas la preciosa San Petersburgo, que de una marisma pantanosa logró convertir en el centro cultural-tecnológico de su nueva Rusia; en la frontera entre Europa y Asia, zona montañosa rica de minerales y con potencial metalúrgico, fundó la ciudad de Ekaterimburgo, dedicada a su esposa Ekaterina. Dotó a las fuerzas armadas de las últimas tecnologías occidentales, lo cual le sirvió para asegurarse el control territorial desde el Mar Báltico hasta el Mar Cáspio. También fue despiadado y cruel: hizo asesinar a varias de sus amantes; torturó a su único hijo Alexéi hasta la muerte porque, suportado por cierta nobleza conservadora, éste tramaba para derrocarle y así evitar los cambios progresistas que el zar deseaba implementar; se perdía en interminables borracheras y orgías.

Catalina II la Grande (1729-1796) en realidad era nativa de Pomerania, zona bajo dominio prusiano entonces y que hoy pertenece a Polonia; no era propiamente una Románov. Tenía una personalidad encantadora y fue una gran promotora del desarrollo cultural e intelectual de Rusia. Protagonizó un golpe de estado que acabó con el asesinato de su esposo Pedro III y, para reducir la resistencia interna de la nobleza rusa, se concentró en expandir el Imperio Ruso con las anexiones de Ucrania, Crimea, Bielorussia, Polonia y Lituania. Catalina fue sagaz y supo elegir ministros y ayudantes brillantes que le asistieron en todos sus proyectos, el más sobresaliente de los cuales fue el príncipe Gregorio Potemkin, su grande amor. Fue una importante mecenas para Rusia, la prestigiosa colección del Museo Hermitage en San Petersburgo se debe a ella. Atrajo importantes economistas, científicos, literatos a su corte. Reinó como Emperatriz de todas las Rusias por 34 años hasta su muerte.

alejandro catalina pedro
Pedro I el Grande, Catalina II la Grande y Alejandro I

Alejandro I (1777-1825) pasa a la historia como el zar que supo resistir a Napoleón, cuando este quiso invadir a Rusia en 1812 con su “Grand Armée”. Era muy inteligente y aunque estuvo involucrado en el asesinato de su padre supo recuperarse y liderar la coalición militar que finalmente conquistó París en 1814 destruyendo a Bonaparte. Dados los nuevos ideales liberales que se esparcían por Europa, y que su misma aristocracia militar había podido constatar, de alguna manera Alejandro I también quiso ser progresista; sin embargo, luego del Congreso de Viena de 1815, donde los monarcas europeos se reunieron para restaurar el poder absolutista que había sido desafiado por los varios conflictos napoleónicos, finalmente terminó por resistirse a los cambios y atrincherarse en sus posiciones autócratas.

Es posible que el menos capaz y más débil de los Románov fuera el zar Nicolás II (1868-1918). Él también se dio cuenta de los nuevos e innovadores aires políticos europeos y consideró instaurar un sistema político más democrático. De hecho, en 1905 concedió al país una Constitución con su Parlamento electo (Duma), con el beneplácito del zar, algo que sin embargo, quizás también por su propia incapacidad de controlar a los nobles y ricos terratenientes rusos, no pudo prosperar.

Justo cuando la dinastía Románov cumplía tres siglos de vida, a comienzos de 1914 la diplomacia rusa reconoce que una guerra con los imperios de Austria-Hungría y Alemania parece inevitable. Según los expertos militares el ejercito ruso no esta preparado para el conflicto y el Zar trata de retrasar la posible entrada en guerra hasta 1917. Pero el asesinato del Archiduque Ferdinando en Sarajevo en junio del ’14 precipita la situación: Austria declara guerra a Serbia y en agosto Rusia, aliada con Gran Bretaña y Francia, entra en guerra contra Alemania y Austria.

La Grande Guerra puso la puntilla final sobre los Románov. El zar Nicoás se desplaza al frente para estar con sus tropas mientras que Alejandra, que es prusiana de nacimiento, queda sucumbida del depravado monje Rasputín que plagia a su placer la mente y emociones de la zarina. Hay un anécdota del drama interno que se vive en la familia imperial y que refiere un soldado ruso cuando encuentra al pequeño Alexéi llorando: “Cuando pierden los rusos, papá llora, ” le dice el niño “y cuando pierden los alemanes, mamá llora… ¿por quién debería llorar yo?”.

Además, afuera en las calles el pueblo grita su odio en contra de la zarina alemana y expresa toda su cólera y frustración ante un gobierno que se demuestra totalmente incapaz. El zar y su familia son apresados y llevados a los Urales, lejos de San Petersburgo y Moscú. En la madrugada del miércoles 17 de julio Nicolás, Alejandra y Olga caen bajo las primeras balas, los otros cuatro niños son heridos y acabados a punta de bayoneta. También caen asesinados el medico, el cocinero, una camarera y un criado que acompañan a la familia imperial. Los cuerpos terminan ultrajados, descuartizados, rociados con ácido y quemados.

Catedral de la Sangre Derramada Ekaterimburgo
Catedral de la Sangre Derramada, Ekaterimburgo, lugar del asesinato de la familia imperial y sus acompañantes

No hay duda que los Románov fueron autoritarios y despiadados en su afán por mantener el poder monárquico absolutista y expandir el Imperio Ruso; paradójicamente, sin embargo, si se comparan los actos de la dinastía Románov con aquellos del periodo de la Unión Soviética (URSS) es innegable que el grado de crueldad sanguinaria y opresión aplicado a la población rusa y a los territorios conquistados fue largamente superior entre 1917 y 1989.

Luego, durante estas recientes tres décadas post-soviéticas que no poca incertidumbre y turbulencia potencial acarrean, la Federación Rusa se ha de alguna forma estabilizado bajo una nueva figura de todopoderoso zar, encarnada por el Presidente Vladímir Putin, que la gobierna desde hace 18 años.

Curiosamente, en varias ocasiones Putin se ha declarado admirador de los más brillantes y eficaces Románov del glorioso pasado imperial ruso; de hecho, es evidente que a pesar de mantener control del poder político y de los recursos económicos, Putin anhela restaurar la histórica grandeza de Rusia. El ex jefe del KGB, al igual que Pedro el Grande, esta modernizando todo el aparato militar pero además precisa revitalizar la industria y economía rusa que hoy operan con demasiados bajos niveles de emprendimiento, con empresas gigantescas que reflejan más que todo el interés de un restringido grupo de oligarcas, y con reformas que ya no pueden ser aplazadas.

En estos días que concluye el Mundial de Fútbol y que por varios canales mediáticos el mundo ha podido admirar las bellezas culturales de Rusia y ciertas modernas infraestructuras, es interesante reflexionar sobre el papel de esta nación que, en todo caso, y más allá de los actuales gobernantes, no merece ser marginada o tachada como “enemigo de Occidente”. Su historia, realidad geográfica (es el país más extenso del planeta y que abarca 2 continentes), excelsa cultura (literatura, música, arte, ballet) orgullo euro-asiático tienen mucho que aportar a nuestro mundo contemporáneo.

Por: Nereyda Guerrero De Manderioli
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